
Las cigarras rompían el silencio de la siesta, llenando el aire estival con esos armónicos chirridos que sólo ellas saben emitir. ¿Tuvieron ustedes alguna vez la impresión de que el tiempo no pasara? Recuerdo haber pensado algo así en esa tarde, al mirar la mancha oscura que era mi sombra en el suelo. Si lo pienso un poco, hoy me puedo dar cuenta de que había algo irreal en la atmósfera, algo intangible. En aquel entonces, tan sólo era una sensación instintiva, como si alguna parte de mi mente quisiera prevenirme de algo. A los nueve años, un niño es muy permeable a este tipo de sentimientos; pero la lógica que comenzaba a primar en mí por aquellos tiempos, malinterpretó este malestar atribuyéndolo a la travesura que estábamos a punto de realizar.
El día anterior habíamos estado planeando la incursión. El Checho, que era algo así como el líder de la barra, había propuesto la idea. No era algo que nunca hubiéramos pensado, pero creo que no habíamos llegado a formularlo es voz alta.
—Estaría bueno meternos en la casa abandonada—, había soltado de repente—. A ver qué hay. ¿Qué les parece?
La casa abandonada...
Era una casa deshabitada y derruida en parte, con un terreno grande en el que siempre jugábamos a la pelota, o a las escondidas. Había acompañado nuestras infancias, desde que teníamos uso de razón, brindándonos siempre ese halo de misterio sobre el cual nuestra imaginación elucubraba las aventuras más inverosímiles. Lo que había dentro era un enigma: las puertas y ventanas estaban fuertemente cerradas, y eran de madera sólida, ya que había resistido con relativa firmeza el paso del tiempo. No sabíamos a quién le pertenecía, o si le pertenecía a alguien. La verdad es que sí, tenía una dueña que no la visitaba nunca, y hoy puedo suponer que estaría envuelta en algún papeleo de sucesión. De todas maneras no teníamos forma de saberlo sin preguntarles a nuestros padres, lo que no hacíamos para no quebrar el encanto. Pienso que necesitábamos creer que la casa no tenía dueño, y éramos felices así.
La siesta, durante el mes de enero, era la hora en que, sentados en el pasto y a la sombra de algún árbol, nos dedicábamos al ocio, a conversar sobre cualquier estupidez y a planificar lo que haríamos el resto del día en cuanto el sol hubiera bajado un poco. Hoy se ha perdido un poco, pero en esos años, a la hora de la siesta no había negocios abiertos ni gente en la calle. El tren, a unas cuadras de nuestro “centro de operaciones”, pasaba cada una hora, rompiendo un poco con el silencio que descendía sobre el barrio como una capa de polvo asentándose sobre un mueble. La quietud reinaba mayestáticamente, y puedo afirmar que fue lo más parecido a la paz zen que experimenté jamás. En el transcurso interminable de días veraniegos (en realidad sólo parecían interminables; a medida que las semanas pasaban, uno se preguntaba adónde se habían ido las vacaciones), no había mucho para hacer. Organizar algún partido de fútbol, jugar a los videojuegos en el local de arcade de la estación, o simplemente sentarse a la sombra a vaguear, eran nuestras principales ocupaciones. Y por eso, la invitación del Checho a meternos en la vieja casa de la cuadra, nos tomó un poco por sorpresa.
En ese momento de modorra mental, tardamos unos instantes en reaccionar. El Seba y yo nos miramos, y lo miramos al Checho. Él nos devolvió la mirada a su vez, expectante, para ver que repercusión causaba lo que había dicho. Como ya dije, él era algo así como el líder, más que nada por ser quién tomaba la iniciativa la mayoría de las veces. El resto lo seguía, sin poner muchas objeciones. La barra de amigos que conformábamos estaba compuesta de seis o siete chicos, de los cuales el Checho, Seba y yo, al vivir en la misma cuadra, andábamos todo el tiempo juntos. Íbamos a diferentes escuelas, por lo que durante el año lectivo aprovechábamos las horas de la tarde para hacer nuestras correrías cuando ya habíamos salido del colegio. Pero en las vacaciones de verano, prácticamente vivíamos en la calle. Los demás pibes —el gordo Fernando, Gustavo, el Chueco— a veces se nos sumaban, sobre todo cuando se armaba partido, o, en el caso del Chueco, cuando no tenía que atender el quiosco de la familia.
El Checho volvió a preguntar “¿Qué les parece?”, ansioso por nuestra respuesta, aunque sabía disimularlo con sus gestos pausados y su voz cansina.
— ¿Ahora? —, le pregunté al Checho, mirando por encima del hombro hacia la casa, que se erguía a cincuenta metros de donde nos encontrábamos.
—No, gil, el año que viene—, contestó con una sonrisa sobradora en los labios—. Ahora, ¿qué decís?
—Dejá de joder, Checho, ¿qué apuro hay? —saltó Seba, pachorriento como siempre—. Damián tiene razón. Podemos ir mañana, y así les avisamos a los otros—, completó, sentándose y mondándose los dientes con una brizna de pasto.
— ¿Qué pasa? ¿Tenés miedo? —rió el Checho.
— ¿De qué? Si no debe haber nada adentro de esa casa.
—Y bueno, entonces vamos—, concluyó triunfante.
— ¿Y los otros? —pregunté.
—Que se caguen—, subrayó categóricamente—. Nunca hacen nada, no son capaces de conseguir ni una pelota para jugar. El único es el Chueco, pero siempre está en el negocio—, y al decir esto se puso de pie y se desperezó. Lo imitamos y empezamos a caminar.
Cuando estábamos a mitad de camino, escuchamos un grito que nos hizo sobresaltar, tan ensimismados íbamos. Nos dimos vuelta los tres al mismo tiempo para ver venir a Gustavo en bicicleta.
— ¿Qué pasa? —inquirió el Checho cuando nos alcanzó—. Vas a despertar a todo el barrio a los gritos.
—Pasa que los estaba buscando por todos lados—, contestó Gustavo, recuperando la respiración. Se notaba que había venido pedaleando desde hacía rato.
—Si siempre estamos acá, ¿adónde nos buscabas? —le pregunté.
—Pasé hace un rato y no los vi. Pensé que andaban por la estación y me fui a ver.
Seba se palmeó en la frente—. Hace un rato estábamos en tu casa Damián, por eso...
—Bueno, la cosa es que hay partido, Miguel nos desafió por cinco Coca-Colas—, terció Gustavo.
— ¿Y juntamos la gente? —, consultó el Checho—. El Chueco no creo que pueda si está en el negocio.
—Ya lo fui a buscar. Me dijo que en un rato sale. El que no puede es Fernando.
—Igual el gordo no corre nada, ni para el arco sirve. Avisale a tu primo, que mas o menos juega.
—Si, ahí estaba yendo para la casa. Bueno, vayan para allá, para la cancha de la Juanita. A eso de las cinco quedamos con Miguel. Ellos llevan la pelota—, alcanzó a decir Gustavo mientras volvía a pedalear como un desaforado y se perdía al doblar la esquina. Nos quedamos un rato mirándolo irse, y después nos dimos vuelta y empezamos a caminar perezosamente hacia el lugar del encuentro. No dijimos nada de la casa. Es curioso ver cómo los niños desvían rápidamente la atención, ya que fuimos hablando únicamente de estrategias de fútbol.
No voy a comentar el partido, me llevaría todo un libro hacerlo. Ganamos, aunque fue más por suerte que por nuestras habilidades futbolísticas. Los contrarios desconocieron la apuesta (supongo que no estaban preparados para perder), y faltó poco para que se montara una batalla campal. Volvimos a nuestra madriguera con sentimientos encontrados. Por un lado estábamos felices de haber vencido al equipo de Miguel, en el que varios nos llevaban un par de años de edad; por otra parte no podíamos esconder la frustración de no haber conseguido el trofeo de cinco botellas de gaseosa azucarada, que a esa edad era mejor aún que la copa del mundo, a pesar de lo que nuestras madres —y el dentista— decían.
— ¡Es la última vez que armamos partido con ellos!—, exclamó Seba—. Tenemos que jugar con los del Mencho, que se la bancan si pierden.
—Sí, pero no les ganamos ni a palos—, dije—. Lo que podríamos armar es algún mezcladito.
—Ya fue—, dijo el Checho—. Gustavo, vos y los partidos que armás...
—Pará ¿yo que culpa tengo?—, se enojó Gustavo, y las siguientes imprecaciones cruzadas fueron subiendo rápidamente de tono hasta que, afortunadamente, derivaron en bromas, que más que nada eran una válvula de escape para no terminar a los golpes entre nosotros.
Cuando llegamos a nuestra calle, la tarde arrojaba sus últimas luces, dando paso a un ocaso que fue del dorado al rojo cobrizo, para finalmente desembocar en una apacible noche de estío.
Nos habíamos sentado en la vereda de mi casa, hablando del partido en tono anecdótico, ya superado el mal momento, que es lo que generalmente ocurre con las pequeñas tragedias en esa etapa de la vida. Uno a uno los chicos se habían ido yendo a sus hogares y, cuando el primo de Gustavo se fue, quedamos únicamente el Checho, Seba, Gustavo y yo.
—Bueno, al final no dijimos nada de la casa abandonada hoy—, nos recordó el Checho—. ¿Vamos mañana?
— ¿Qué pasó con la casa? —preguntó Gustavo. Él no sabía nada de lo que habíamos hablado a la tarde.
—Habíamos dicho de meternos, a ver qué hay adentro—, le informó Seba.
Ahora bien, entre los chicos del barrio corrían las historias más variadas sobre lo que encerraba esa casa. Desde las típicas leyendas espeluznantes de “casa embrujada”, hasta los relatos policiales más escabrosos, plagados de asesinatos y botines escondidos. Todos estos rumores eclosionaban en nuestra por entonces febril imaginación, y no vacilábamos en agregar detalles de nuestra propia invención a todo lo que ya circulaba de boca en boca, con la inconciente esperanza de aportar algo al mito que se estaba formando. Pero entre el hecho de repetir habladurías y comprobar su veracidad en carne propia, había un abismo de temores que buscábamos disimular lo mejor posible.
— ¿En la casa ésa? —, preguntó Gustavo, como para estar seguro de que había oído bien—. Dicen que a la noche se junta una banda de ladrones ahí...
— Yo vivo al lado y nunca escuché gente ahí adentro—, dijo Seba.
—Y, no van a ir haciendo ruido. No son giles—, dijo Gustavo, muy serio.
—Igual vamos a ir a la tarde—, terció el Checho—. No me vas a decir que tenés miedo...
—No, miedo no... Pero Aldo, el que antes vivía enfrente de tu casa, Seba, decía que ahí antes se juntaban unos locos que adoraban al diablo—, siguió Gustavo—, y un día mataron a uno y después no vinieron más. Hasta que los ladrones lo empezaron a usar de escondite.
Todos conocíamos ese cuento, con más o menos detalles. Internamente, la voz de la razón nos decía que no podía ser verdad; pero una sombra de inquietud empezó a crecer dentro de nosotros. Haciendo un esfuerzo me sobrepuse, y traté de restarle veracidad, aunque ni yo mismo me creía.
—Para mí que lo inventó todo ese Aldo—, dije—. Si se juntaran chorros ahí, ¿te creés que la policía no los agarraría?
No soné muy convencido, y Gustavo se dio cuenta.
—No sé, no sé... Si vamos todos, yo voy. Pero si llegamos a encontrar algo raro, me mando a mudar.
— ¡Qué cagón que sos! —, se rió el Checho, y Gustavo lo fulminó con la mirada—. ¡Si no va a pasar nada!
—Bueno, les aviso para que después no me digan nada—, dijo parándose. Se subió a su bicicleta—. ¿A qué hora nos juntamos?
El Checho nos miró a todos, para ver si había alguna objeción—. A la tarde, después de comer.
Gustavo asintió sin decir nada y se fue traqueteando por la calle, pedaleando despacito.
Esa noche me costó conciliar el sueño: mi imaginación bullía con imágenes extraídas de mil películas de terror. Pero lo único podía hacer para evitarlo era intentar autoconvencerme de que los rumores no eran más que eso, rumores.
No funcionaba.
Imaginé decenas de excusas para no ir, una más absurda que la otra, hasta que al final tuve que hacerme a la idea de que escapar era imposible. La cuestión era simple: si el Checho había decidido ir y la mayoría lo había aceptado, dar un paso atrás era quedar como un cobarde ante mis amigos. Y tener que sobrellevar esa cruz el resto de mi infancia era sencillamente insoportable. Resulta patético pensar en la cantidad de idioteces que hacemos sólo para obtener la aprobación de los demás.
En algún momento de la noche, el cansancio finalmente me venció.