martes 24 de marzo de 2009

Trabajo Nocturno


— ¡Apresúrate! ¡No tenemos toda la noche!
El imperativo susurrado flotó un segundo en el aire y despabiló a Andrew, que se había distraído por el hedor de la tumba abierta.
El negro pozo se abría ante ellos, como las fauces de un demonio esperando ser alimentado, y esa imagen lo perturbó, si es que alguien que acaba de profanar una sepultura puede sentirse aún más perturbado. Andrew se admiraba de la entereza de ánimo de Charles, pero sospechaba que debajo de toda esa seguridad había un torrente de miedo que amenazaba con arrastrarlos a los dos, y le agradeció mentalmente por disimularlo.
No era una buena época. En otro momento se habría horrorizado de sólo pensar que podía hallarse en esa situación. Pero la crisis de posguerra golpeaba con su mazo las vidas de todos. No había trabajo, y los jóvenes emigraban a otras tierras. Las preocupaciones cotidianas habían ido difuminándose hasta quedar sólo la gran cuestión de no saber si se iba a poder comer algo mañana. Y en esas circunstancias, aceptaron el ofrecimiento del estudiante de proveerle su “material de estudio”.
Charles ya había hecho saltar la tapa del ataúd con un golpe seco del filo de la pala. A la luz de la luna pudieron observar el cadáver, y la extraña sensación de paz en su enjuto rostro. Un instante después lo sacaron como pudieron y lo metieron en un costal. Era una tarea repugnante, pero el joven había prometido una buena suma y no era una oportunidad que se pudiera dejar pasar. Lo cargaron en la carreta y, luego de rellenar la tumba y dejarla lo más natural posible, se tomaron un segundo para descansar. Andrew podía sentir una agudeza inusual en todos sus sentidos. Los sonidos de la noche, el ulular de los búhos en la arboleda cercana, la aspereza de la madera de la carreta, mil sensaciones difíciles de explicar que lo apabullaban.
— ¿Qué te ocurre? —preguntó Charles.
—Nada, es sólo que me pregunto si estamos haciendo lo correcto.
—Pues el tipo no se quejó—, dijo Charles y se rió con una risa cansada—. No podemos dar marcha atrás ahora. Recuerda que tenemos que llevarle otro más para que nos pague. Esta noche ya no tenemos tiempo, así que mañana volveremos.
Andrew asintió, cada vez más convencido de que algo estaba mal. Se subieron a la carreta y se alejaron dando tumbos por el camino.

Justin se sentía envuelto en una bruma azulada. No lograba enhebrar los pensamientos, sólo sentía. De pronto se le cruzaba alguna imagen, algún recuerdo perdido. Y luego nada. Se sorprendió meditando sobre esto, y se asombró de poder pensar. No tenía idea de dónde se encontraba, ni se sentía con fuerzas para moverse. De a poco fueron apareciendo en su mente recuerdos más recientes, retazos de conversaciones. Un miedo que no lograba discernir lo acechaba como una bestia agazapada. Recordó a su esposa, sus hijos, las charlas con sus amigos. Y estaba ese terror oculto, no sabía a qué. Palabras sueltas. “Tenga cuidado”, “Esta vez duró demasiado”, “Unas horas más y…”. ¿Qué era eso? Una verdad luchaba por abrirse paso a su adormecida conciencia. Recordaba haber despertado, las caras que lo observaban, las flores, los deudos… ¿Había muerto? No, él se había levantado. Eso era. Era cataléptico, y ahora lo habían sepultado vivo. Podía sentir el olor de la tierra, la humedad, la opresión. Con horror abrió los ojos y halló la oscuridad que lo rodeaba. El pánico irracional lo arrasó y se sacudió, descubriendo que podía sentarse y que las tinieblas habían desaparecido. Y entonces vio que alguien, un desconocido, lo miraba.

Andrew cayó de la carreta, desencajado de terror, y quedó tieso a un costado del camino. Charles estaba paralizado por el miedo, viendo como el cadáver se asomaba del saco y lo observaba con ojos irracionales desde su flaco rostro iluminado por la luz de la luna llena. No podía reaccionar, esto no podía estar pasando. Estuvieron así, mirándose por unos segundos, que parecieron eternos. El supuesto muerto, lo miró de hito en hito, como queriendo saber quién era él, y luego de unos instantes intentó decirle algo, sin que nada coherente saliera de sus labios. La parálisis de Charles se quebró. Tomó lo más cercano que tenía, la pala, y le dio con todas sus fuerzas un golpe en la cabeza. El viejo cayó hacia atrás, se revolvió unos instantes y quedó inmóvil.

Unas horas más tarde, la carreta arribaba al edificio trasero de la escuela de medicina. Charles se apeó y dio tres toques en la pesada puerta de madera. Al cabo de unos segundos, ésta se abrió, y un joven apareció.
— ¿Has podido traerlo?
—Sí. Pero déjame ver el dinero antes—, dijo Charles.
—Está bien, pero recuerda lo que acordamos. Te daría la paga por dos cuerpos.
—Así es, y aquí los tiene—, dijo Charles, levantando la manta que cubría la parte trasera de la carreta, mostrando el ensangrentado cadáver del viejo, y el de Andrew, con el terror aún dibujado en sus ojos sin vida.




© BlackWolf 2009

miércoles 4 de febrero de 2009

Uno para el otro


Te extraño
Cuando me abandonas
Te añoro
Cuando me dejas en la compañía de otros
Te necesito
Cuando te busco y no te encuentro
Te espero
Cuando el mundo me agobia
Te encuentro
Cuando el día muere y las sombras gobiernan
Te amo
Cuando me abrazas en las noches insomnes
Te odio
Cuando te resistes a dejarme ir
Te olvido
Cuando encuentro otros brazos
Te recuerdo
Cuando me rechazan
Eres mía y yo soy tuyo
Somos el uno para el otro
Y jamás nos hemos de separar
Porque soy un hombre solitario
Y tú eres mi soledad.




© BlackWolf 2009

sábado 17 de enero de 2009

Aquella Tarde (2da parte y conclusión)

Desperté a media mañana, como cualquier otro día de vacaciones. Me levanté y tomé un desayuno rápido, y luego mi mamá me envió a hacer unas compras. Cuando volvía de esos mandados, al pasar por enfrente de la casa abandonada, me detuve y me obligué a observarla. A esta altura ya había empezado a sentir ansiedad, ganas de terminar todo el asunto de una buena vez. La casa permanecía allí, ajena a todos estos conflictos que me atribulaban, imperturbable al paso del tiempo, como algún monstruo dormido de un cuento para asustar niños. Esperando…
Luego de unos instantes, seguí mi camino, más contrariado que antes.

Una hora después de comer, llamaron a la puerta de mi casa. Eran Seba y el Checho, yo ya lo sabía antes de abrir la puerta.
—Vamos—, dijo el Checho.
— ¿Y Gustavo? —pregunté.
—Dijo que en un rato viene.
Salí y cerré la puerta. Cruzamos la calle y nos dirigimos hacia el terreno lindero de la temida casa, que pertenecía a la misma propiedad, y que era donde generalmente jugábamos. Nos habíamos fabricado una “puerta” levantando una de las esquinas del cerco de alambre, para poder entrar y salir fácilmente en nuestras habituales correrías. Al fondo del terreno había un nogal enorme —que normalmente era uno de los postes del arco cuando jugábamos a la pelota—, más atrás había un bosquecillo de granados y limoneros y un pequeño macizo de cañas. La hierba no crecía excesivamente, en parte gracias a que nosotros mal que mal la manteníamos corta de tanto pisotearla. Es que ese terreno era sencillamente el centro de nuestras actividades; nos brindaba espacio para correr, lugares donde ocultarnos… ¿Qué más podía pedir un chico de nueve años? Incluso el fondo de la casa era utilizado por nosotros. Había un cobertizo vacío, en el que nos resguardábamos cuando la lluvia nos sorprendía allí, tres tanques de agua —sin agua— en los que ya no nos ocultábamos, porque era un escondrijo demasiado sabido, y cuatro vigas en forma de arco para colocar una parra, que había desaparecido hacía mucho tiempo, y que semejaban las blanquecinas costillas de algún engendro antediluviano. Y allí estaba la casa propiamente dicha: dos ventanas tapadas por postigos metálicos, que alguna vez habían estado pintados de color verde, la pared descascarada y una desvencijada armazón con alambre de mosquitero oxidado cubriendo la sólida puerta de madera. La puerta que intentaríamos abrir.
Aguardamos a Gustavo bajo la sombra del nogal, conversando de cualquier otra cosa. Se notaba que todos teníamos miedo, pero nos esforzábamos por no mostrarlo, por una cuestión de hombría. Incluso en un momento me pregunté si no estarían todos dispuestos a abandonar la idea. Pero mientras buscaba alguna forma “decorosa” de proponerlo, escuchamos el conocido silbido de Gustavo que nos avisaba que ya estaba llegando. Al cabo de unos instantes lo vimos atravesar el cerco de alambre, y venir hacia nosotros.
—Bueno ¿Cómo hacemos? —preguntó el Checho una vez que todos estuvimos reunidos.
Nos dimos cuenta de que no habíamos pensado en eso. Hicimos varias sugerencias, cada una más irrealizable que la otra; desde darle de patadas a la puerta, hasta usar un ariete. Finalmente el Checho salió con lo más simple: usar algún trozo de fierro como barreta y palanquear la puerta. Estuvimos de acuerdo y nos dimos a la tarea de encontrar algo que sirviera a nuestro propósito. Registramos durante un rato el terreno infructuosamente, hasta que recordé que en mi casa tenía un tramo corto de viga afilado para usarse como cincel, que nos vendría de perillas para lo que queríamos hacer.
Una vez que lo hube traído, el Checho se hizo cargo de la tarea. Con decisión encajó la improvisada barreta entre el marco y la puerta e intentó forzarla; al ver que con su fuerza sola no alcanzaba, tomamos entre todos el cincel y dimos un fuerte empellón. Con un crujido siniestro, se astilló un trozo del marco y se zafó el pestillo.
La puerta ya estaba abierta.
Tardamos unos momentos en darnos cuenta, parecía como si nos hubiéramos sido privados de la capacidad de movernos. La puerta se entreabría, mostrándonos la negra entrada a lo desconocido. El corazón golpeaba en mi pecho como si fuera a salirse de mí. Las caras de todos reflejaban el terror. Pasados unos segundos recuperamos un poco el dominio de nosotros mismos y comenzamos a movernos. El Checho se volvió y preguntó.
— ¿Quién entra primero?
Nos miramos entre todos, sin que nadie dijera nada—. Vos fuiste el de la idea, Checho—, le dije.
—Ah, sí... ¿Querés que haga todo yo?
—Saquemos palitos—, propuso Gustavo. Ninguno objetó, así que se agachó y cortó unas briznas de hierba, y, de espaldas a nosotros, las preparó. Seba fue el primero en sacar. Seguí yo, rogando por dentro que no me tocara a mí la más corta, mientras un sudor frío me empapaba la frente. Luego fue el turno del Checho y, acto seguido las comparamos: Seba fue el elegido. Seguían el Checho, yo y por último, Gustavo. El rostro de Seba perdió el color, estaba muerto de miedo, pero luchó por ocultarlo y sonar decidido.
—Bueno, voy yo primero...
Se adelantó, y, como recordando algo, el Checho le alcanzó una pequeña linterna a pilas que sacó del bolsillo—. Tomá, lleva la linterna vos—, enarboló el cincel como un garrote—, yo te sigo con esto... por las dudas.
Seba lo miró, tomó la linternita que le ofrecía, y con gesto grave se dirigió a la entrada de la casa. Nos colocamos detrás de él en fila india y, de un empujón, Seba abrió la puerta de par en par.
Entró y lo seguimos. Lo primero que vi, fue lo que en otro tiempo era la cocina, con azulejos blancos manchados por el paso de los años en las paredes, y las oscurecidas marcas en el lugar que ocupaban antes la heladera, lo que probablemente era una alacena y la cocina propiamente dicha. La luz que teníamos eran los tenues rayos de sol que entraban por la puerta que habíamos abierto, y más allá la oscuridad iba devorando lo que alcanzábamos a ver. Todo lo que quedaba aquí era una mesada de mármol, sucia y rota. El piso de mosaicos estaba cubierto del polvo de décadas, y amortiguaba nuestros pasos. A tres metros de distancia, Seba encendió la linterna y pude ver su palpitante círculo luminoso caminando por la pared más alejada y penetrar por el hueco de una puerta. El pecho parecía que iba a estallarme, mientras me decía a mí mismo que no había nada que temer, aunque una parte de mi mente estaba aterrada. Seba oteó a través de la negrura con la linterna, tratando de ver antes de seguir por la puerta, que era como la boca de un lobo. Luego pasó por la puerta, seguido por el Checho y, a un paso de distancia detrás, Gustavo y yo.
El piso de mosaicos dejaba lugar a uno de madera, que sonó quejumbrosamente cuando Seba puso un pie en él. Al oir el sonido, nos detuvimos, y pude sentir la respiración de Gustavo más agitada que nunca.
—No pasa nada, la madera hace ruido—, dijo Seba en un susurro.
Seguimos. La habitación a la que entramos era cuadrada y aparentemente estaba vacía, salvo por trozos de madera, y del cielorraso caído en otra época. El aire estaba viciado y olía a humedad y encierro de muchos años. Sobre la pared opuesta se veían finísimas líneas de luz en lo que nos dimos cuenta que era una de las ventanas cerradas del frente. Seba iluminó hacia la izquierda con la linterna y ahí estaba la puerta principal. Luego siguió haciendo correr el tenue círculo de claridad hasta encontrar la otra pared, y continuó por ésta, pasando por montículos de carcoma y suciedad, hasta encontrar una puerta cerrada. A dos metros había otra más, y después la pared de la cocina, de la cual veníamos. Nos dirigimos a la primera puerta, o mejor dicho, Seba caminó hasta ella empujado por el Checho, y nosotros fuimos detrás. Me estaba costando respirar, sentía como si me oprimieran los pulmones, y hasta donde podía ver no era el único. Seba dirigió una temblorosa mano al picaporte de la puerta, y lentamente, tratando de hacer el menos ruido posible, lo abrió y retiró la mano como si le quemara. Las bisagras oxidadas se quejaron con un chirrido que nos sobresaltó, y se abrió lentamente. A la luz de la linterna nos asomamos todos para atisbar en el interior de la estancia que había tras la puerta. Al principio no disitnguí nada, pero a medida que Seba movía la luz vimos lo que había sido un dormitorio. El esqueleto de una cama con los restos podridos del colchón aún encima, aparecía muerto en el rincón más alejado. Aquí el cielorraso parecía haberse desplomado más que en el lugar donde estábamos nosotros: por todo el suelo se veían pedazos de mampostería y restos de la descascarada pintura que cubría las paredes sucias y ennegrecidas. Sobre la cama, en la cabecera, un crucifijo, ya negro y torcido, dominaba la escena parodiando un sepulcro. Eso fue lo que me vino a la mente, y no pude evitar decirlo en un murmullo.
—Es una tumba...
El Checho me miró y negó con un movimiento de la cabeza—. ¿Qué decís?
—Nada...
—Ya está, vámonos—, susurró Gustavo, que aferraba mi brazo con los dedos agarrotados.
—Para que falta esa puerta... —empezó a decir el Checho, cuando lo interrumpió Seba con un grito ahogado.
— ¡Miren!
Dirigimos la vista hacia donde apuntaba con la linterna. Sobre un cajón de madera ajado, en el rincón opuesto a la cama, había una figura. Se me secó la boca y por un momento no pude respirar, hasta que me dí cuenta de que era una efigie de yeso. Representaba un diablesa, roja, de rasgos indefinibles y en posición arrodillada. Nunca lo había visto antes pero me dí cuenta de lo que era antes de que Gustavo dijera, con un temblor en la voz que ya no se esforzaba en disimular: — ¡Les dije! ¡Les dije que adoraban al...!
— ¡Callate! —, le dijo el Checho, con un ademán cortante—. Veamos la otra puerta y nos vamos.
Seba intentó volver a cerrar la habitación pero desistió al comprobar que hacía mucho ruido. Estoy seguro de que el pobre no daba más de los nervios.
Se dirigió a la siguiente puerta, que era igual a la anterior, y al igual que la anterior vez, muy despacio, acercó la mano al picaporte. Lentamente lo giró una, dos y tres veces, sin conseguir abrir la puerta. De repente el Checho gritó.
Nos sobresaltamos; Seba dejó caer la linterna y Gustavo casi me arrancó la manga de la remera. Yo por mi parte, me quedé sin aire, como si me hubiera asfixiado, y el estómago lo sentía como lleno de cemento. Miramos al Checho, que comenzó a reirse a carcajadas.
— ¡Qué cagazo! ¡Ja ja ja! ¡Casi se hacen encima! —decía entre risa y risa. Seba lo miraba como para matarlo. Gustavo le largó una puteada por lo bajo, mientras que yo no podía mandar al Checho al demonio, ya que aún estaba recuperando la respiración.
— Checho, ¿Por qué no te vas un poco a la mierda?—le espetó Seba—. ¿Sos pelotudo o te hacés?
—Yo me voy al carajo—, dijo Gustavo, soltándome por fin el brazo—. Checho sos un...
Todos lo sentimos. Un golpe repentino, como si algo hubiera caído, sonó del otro lado de la puerta. El Seba todavía aferraba el picaporte, y lo soltó como si estuviera ardiendo. Su rostro se desfiguró del terror. El Checho quedó medio agachado, con la risa congelada, mientras que sus ojos se abrían como platos del espanto. El pánico se apoderó de mí, quería salir corriendo pero me encontraba paralizado; estaba clavado al piso y las piernas no me respondían. Todas las historias que había oído sobre esa casa, todos los rumores se daban cita en mi cabeza, en un caleidoscopio de imágenes aterradoras. No conseguía hilvanar un solo pensamiento coherente. De pronto sonó otro golpe, esta vez más próximo, como si algo estuviera acercándose a nosotros a través de la habitación cerrada.
Fue la señal que nos sacó de la parálisis. Gustavo, el que estaba más cerca de la salida, fue el primero en desaparecer a la carrera. Yo corrí y corrí. No me preocupé por el Checho ni por Seba, que estaban detrás de mí. Simplemente intenté poner más distancia entre mí y ese horror desconocido. Crucé corriendo la cocina, salí por la puerta de atrás, y atravesé el terreno hacia el hueco en el alambrado. En mi huida lo encontré a Gustavo en el suelo. Se había tropezado con una de las raíces del nogal, y no conseguía levantarse. Lo tomé de la mano, sin detenerme, y lo alcé de un tirón. Escuchaba los sollozos de Seba y del Checho, que venían a toda velocidad. Crucé el cerco de alambre y seguí corriendo. Con los oídos martilleando y el corazón a punto de explotar, yo seguí corriendo.

La dueña de la casa vino al mes de este incidente. Nunca supo que los que forzaron la puerta fuimos nosotros, aunque nuestra historia corrió de boca en boca entre todos los chicos del barrio. La mujer mandó arreglar los destrozos y refaccionó parte de la casa. En todo ese tiempo, no habíamos vuelto a jugar allí, como podrán suponer. Al tiempo, la familia de Seba, que vivía al lado, se mudó a la ciudad, y no sé que habrá sido de él ya que perdí todo contacto. La vida suele hacer esas cosas.
Años después la casa fue arreglada, limpiada y vendida. Hoy vive allí una familia, de la cual soy amigo, aunque siempre invento alguna excusa cuando me invitan a pasar a su casa.

Supongo que debe haber alguna explicación lógica para el incidente que nos acaeció cuando teníamos nueve años. Todavía no la encontré. Lo único que conseguí fue sepultar en lo más profundo de mi mente ese recuerdo, para no revivirlo todos los días que paso frente a la casa. Aún así, en los días de verano, sobre todo a la hora de la siesta, siento un desasosiego creciente en mi interior. Aún así, todavía me despiertan las pesadillas. Aún así, no puedo dejar de recordar el miedo, el terrible miedo que me inundaba cuando corría aquella tarde, bañado en lágrimas y sudor frío, a encontrar refugio en los brazos maternos.



© BlackWolf 2009

viernes 9 de enero de 2009

Aquella Tarde (1ra parte)

Originalmente posteado en www.hplovecraft.es/foros



And the house began to breathe, it seemed to be alive
King Diamond





Las cigarras rompían el silencio de la siesta, llenando el aire estival con esos armónicos chirridos que sólo ellas saben emitir. ¿Tuvieron ustedes alguna vez la impresión de que el tiempo no pasara? Recuerdo haber pensado algo así en esa tarde, al mirar la mancha oscura que era mi sombra en el suelo. Si lo pienso un poco, hoy me puedo dar cuenta de que había algo irreal en la atmósfera, algo intangible. En aquel entonces, tan sólo era una sensación instintiva, como si alguna parte de mi mente quisiera prevenirme de algo. A los nueve años, un niño es muy permeable a este tipo de sentimientos; pero la lógica que comenzaba a primar en mí por aquellos tiempos, malinterpretó este malestar atribuyéndolo a la travesura que estábamos a punto de realizar.
El día anterior habíamos estado planeando la incursión. El Checho, que era algo así como el líder de la barra, había propuesto la idea. No era algo que nunca hubiéramos pensado, pero creo que no habíamos llegado a formularlo es voz alta.
—Estaría bueno meternos en la casa abandonada—, había soltado de repente—. A ver qué hay. ¿Qué les parece?
La casa abandonada...
Era una casa deshabitada y derruida en parte, con un terreno grande en el que siempre jugábamos a la pelota, o a las escondidas. Había acompañado nuestras infancias, desde que teníamos uso de razón, brindándonos siempre ese halo de misterio sobre el cual nuestra imaginación elucubraba las aventuras más inverosímiles. Lo que había dentro era un enigma: las puertas y ventanas estaban fuertemente cerradas, y eran de madera sólida, ya que había resistido con relativa firmeza el paso del tiempo. No sabíamos a quién le pertenecía, o si le pertenecía a alguien. La verdad es que sí, tenía una dueña que no la visitaba nunca, y hoy puedo suponer que estaría envuelta en algún papeleo de sucesión. De todas maneras no teníamos forma de saberlo sin preguntarles a nuestros padres, lo que no hacíamos para no quebrar el encanto. Pienso que necesitábamos creer que la casa no tenía dueño, y éramos felices así.
La siesta, durante el mes de enero, era la hora en que, sentados en el pasto y a la sombra de algún árbol, nos dedicábamos al ocio, a conversar sobre cualquier estupidez y a planificar lo que haríamos el resto del día en cuanto el sol hubiera bajado un poco. Hoy se ha perdido un poco, pero en esos años, a la hora de la siesta no había negocios abiertos ni gente en la calle. El tren, a unas cuadras de nuestro “centro de operaciones”, pasaba cada una hora, rompiendo un poco con el silencio que descendía sobre el barrio como una capa de polvo asentándose sobre un mueble. La quietud reinaba mayestáticamente, y puedo afirmar que fue lo más parecido a la paz zen que experimenté jamás. En el transcurso interminable de días veraniegos (en realidad sólo parecían interminables; a medida que las semanas pasaban, uno se preguntaba adónde se habían ido las vacaciones), no había mucho para hacer. Organizar algún partido de fútbol, jugar a los videojuegos en el local de arcade de la estación, o simplemente sentarse a la sombra a vaguear, eran nuestras principales ocupaciones. Y por eso, la invitación del Checho a meternos en la vieja casa de la cuadra, nos tomó un poco por sorpresa.
En ese momento de modorra mental, tardamos unos instantes en reaccionar. El Seba y yo nos miramos, y lo miramos al Checho. Él nos devolvió la mirada a su vez, expectante, para ver que repercusión causaba lo que había dicho. Como ya dije, él era algo así como el líder, más que nada por ser quién tomaba la iniciativa la mayoría de las veces. El resto lo seguía, sin poner muchas objeciones. La barra de amigos que conformábamos estaba compuesta de seis o siete chicos, de los cuales el Checho, Seba y yo, al vivir en la misma cuadra, andábamos todo el tiempo juntos. Íbamos a diferentes escuelas, por lo que durante el año lectivo aprovechábamos las horas de la tarde para hacer nuestras correrías cuando ya habíamos salido del colegio. Pero en las vacaciones de verano, prácticamente vivíamos en la calle. Los demás pibes —el gordo Fernando, Gustavo, el Chueco— a veces se nos sumaban, sobre todo cuando se armaba partido, o, en el caso del Chueco, cuando no tenía que atender el quiosco de la familia.
El Checho volvió a preguntar “¿Qué les parece?”, ansioso por nuestra respuesta, aunque sabía disimularlo con sus gestos pausados y su voz cansina.
— ¿Ahora? —, le pregunté al Checho, mirando por encima del hombro hacia la casa, que se erguía a cincuenta metros de donde nos encontrábamos.
—No, gil, el año que viene—, contestó con una sonrisa sobradora en los labios—. Ahora, ¿qué decís?
—Dejá de joder, Checho, ¿qué apuro hay? —saltó Seba, pachorriento como siempre—. Damián tiene razón. Podemos ir mañana, y así les avisamos a los otros—, completó, sentándose y mondándose los dientes con una brizna de pasto.
— ¿Qué pasa? ¿Tenés miedo? —rió el Checho.
— ¿De qué? Si no debe haber nada adentro de esa casa.
—Y bueno, entonces vamos—, concluyó triunfante.
— ¿Y los otros? —pregunté.
—Que se caguen—, subrayó categóricamente—. Nunca hacen nada, no son capaces de conseguir ni una pelota para jugar. El único es el Chueco, pero siempre está en el negocio—, y al decir esto se puso de pie y se desperezó. Lo imitamos y empezamos a caminar.
Cuando estábamos a mitad de camino, escuchamos un grito que nos hizo sobresaltar, tan ensimismados íbamos. Nos dimos vuelta los tres al mismo tiempo para ver venir a Gustavo en bicicleta.
— ¿Qué pasa? —inquirió el Checho cuando nos alcanzó—. Vas a despertar a todo el barrio a los gritos.
—Pasa que los estaba buscando por todos lados—, contestó Gustavo, recuperando la respiración. Se notaba que había venido pedaleando desde hacía rato.
—Si siempre estamos acá, ¿adónde nos buscabas? —le pregunté.
—Pasé hace un rato y no los vi. Pensé que andaban por la estación y me fui a ver.
Seba se palmeó en la frente—. Hace un rato estábamos en tu casa Damián, por eso...
—Bueno, la cosa es que hay partido, Miguel nos desafió por cinco Coca-Colas—, terció Gustavo.
— ¿Y juntamos la gente? —, consultó el Checho—. El Chueco no creo que pueda si está en el negocio.
—Ya lo fui a buscar. Me dijo que en un rato sale. El que no puede es Fernando.
—Igual el gordo no corre nada, ni para el arco sirve. Avisale a tu primo, que mas o menos juega.
—Si, ahí estaba yendo para la casa. Bueno, vayan para allá, para la cancha de la Juanita. A eso de las cinco quedamos con Miguel. Ellos llevan la pelota—, alcanzó a decir Gustavo mientras volvía a pedalear como un desaforado y se perdía al doblar la esquina. Nos quedamos un rato mirándolo irse, y después nos dimos vuelta y empezamos a caminar perezosamente hacia el lugar del encuentro. No dijimos nada de la casa. Es curioso ver cómo los niños desvían rápidamente la atención, ya que fuimos hablando únicamente de estrategias de fútbol.

No voy a comentar el partido, me llevaría todo un libro hacerlo. Ganamos, aunque fue más por suerte que por nuestras habilidades futbolísticas. Los contrarios desconocieron la apuesta (supongo que no estaban preparados para perder), y faltó poco para que se montara una batalla campal. Volvimos a nuestra madriguera con sentimientos encontrados. Por un lado estábamos felices de haber vencido al equipo de Miguel, en el que varios nos llevaban un par de años de edad; por otra parte no podíamos esconder la frustración de no haber conseguido el trofeo de cinco botellas de gaseosa azucarada, que a esa edad era mejor aún que la copa del mundo, a pesar de lo que nuestras madres —y el dentista— decían.
— ¡Es la última vez que armamos partido con ellos!—, exclamó Seba—. Tenemos que jugar con los del Mencho, que se la bancan si pierden.
—Sí, pero no les ganamos ni a palos—, dije—. Lo que podríamos armar es algún mezcladito.
—Ya fue—, dijo el Checho—. Gustavo, vos y los partidos que armás...
—Pará ¿yo que culpa tengo?—, se enojó Gustavo, y las siguientes imprecaciones cruzadas fueron subiendo rápidamente de tono hasta que, afortunadamente, derivaron en bromas, que más que nada eran una válvula de escape para no terminar a los golpes entre nosotros.

Cuando llegamos a nuestra calle, la tarde arrojaba sus últimas luces, dando paso a un ocaso que fue del dorado al rojo cobrizo, para finalmente desembocar en una apacible noche de estío.
Nos habíamos sentado en la vereda de mi casa, hablando del partido en tono anecdótico, ya superado el mal momento, que es lo que generalmente ocurre con las pequeñas tragedias en esa etapa de la vida. Uno a uno los chicos se habían ido yendo a sus hogares y, cuando el primo de Gustavo se fue, quedamos únicamente el Checho, Seba, Gustavo y yo.
—Bueno, al final no dijimos nada de la casa abandonada hoy—, nos recordó el Checho—. ¿Vamos mañana?
— ¿Qué pasó con la casa? —preguntó Gustavo. Él no sabía nada de lo que habíamos hablado a la tarde.
—Habíamos dicho de meternos, a ver qué hay adentro—, le informó Seba.
Ahora bien, entre los chicos del barrio corrían las historias más variadas sobre lo que encerraba esa casa. Desde las típicas leyendas espeluznantes de “casa embrujada”, hasta los relatos policiales más escabrosos, plagados de asesinatos y botines escondidos. Todos estos rumores eclosionaban en nuestra por entonces febril imaginación, y no vacilábamos en agregar detalles de nuestra propia invención a todo lo que ya circulaba de boca en boca, con la inconciente esperanza de aportar algo al mito que se estaba formando. Pero entre el hecho de repetir habladurías y comprobar su veracidad en carne propia, había un abismo de temores que buscábamos disimular lo mejor posible.
— ¿En la casa ésa? —, preguntó Gustavo, como para estar seguro de que había oído bien—. Dicen que a la noche se junta una banda de ladrones ahí...
— Yo vivo al lado y nunca escuché gente ahí adentro—, dijo Seba.
—Y, no van a ir haciendo ruido. No son giles—, dijo Gustavo, muy serio.
—Igual vamos a ir a la tarde—, terció el Checho—. No me vas a decir que tenés miedo...
—No, miedo no... Pero Aldo, el que antes vivía enfrente de tu casa, Seba, decía que ahí antes se juntaban unos locos que adoraban al diablo—, siguió Gustavo—, y un día mataron a uno y después no vinieron más. Hasta que los ladrones lo empezaron a usar de escondite.
Todos conocíamos ese cuento, con más o menos detalles. Internamente, la voz de la razón nos decía que no podía ser verdad; pero una sombra de inquietud empezó a crecer dentro de nosotros. Haciendo un esfuerzo me sobrepuse, y traté de restarle veracidad, aunque ni yo mismo me creía.
—Para mí que lo inventó todo ese Aldo—, dije—. Si se juntaran chorros ahí, ¿te creés que la policía no los agarraría?
No soné muy convencido, y Gustavo se dio cuenta.
—No sé, no sé... Si vamos todos, yo voy. Pero si llegamos a encontrar algo raro, me mando a mudar.
— ¡Qué cagón que sos! —, se rió el Checho, y Gustavo lo fulminó con la mirada—. ¡Si no va a pasar nada!
—Bueno, les aviso para que después no me digan nada—, dijo parándose. Se subió a su bicicleta—. ¿A qué hora nos juntamos?
El Checho nos miró a todos, para ver si había alguna objeción—. A la tarde, después de comer.
Gustavo asintió sin decir nada y se fue traqueteando por la calle, pedaleando despacito.

Esa noche me costó conciliar el sueño: mi imaginación bullía con imágenes extraídas de mil películas de terror. Pero lo único podía hacer para evitarlo era intentar autoconvencerme de que los rumores no eran más que eso, rumores.
No funcionaba.
Imaginé decenas de excusas para no ir, una más absurda que la otra, hasta que al final tuve que hacerme a la idea de que escapar era imposible. La cuestión era simple: si el Checho había decidido ir y la mayoría lo había aceptado, dar un paso atrás era quedar como un cobarde ante mis amigos. Y tener que sobrellevar esa cruz el resto de mi infancia era sencillamente insoportable. Resulta patético pensar en la cantidad de idioteces que hacemos sólo para obtener la aprobación de los demás.
En algún momento de la noche, el cansancio finalmente me venció.



Continuará...


© BlackWolf 2009

miércoles 31 de diciembre de 2008

Feliz Año Nuevo

Hoy voy a violar un poco los derechos de autor, les voy a desear un muy pero muy feliz año nuevo, y que en este 2009 que empieza mañana se cumplan todos sus deseos... así que tengan cuidado con lo que piden, ja ja ja...
Y bueno, lo de los derechos de autor lo decía porque les dejo algo de Mafalda, una de las mejores tiras cómicas del mundo, de Quino... ¡Que las disfruten!



FELIZ AÑO NUEVO PARA TODOS!!!!
(Sí, Jorge Arbusto, hasta para vos)

viernes 19 de diciembre de 2008

Puede ocurrirle a cualquiera


Las luces del ocaso refulgían en la nube de polvo que levantaba el automóvil a su paso. La pareja de ancianos, sentados en sendas reposeras en el pórtico de la tienda, obrservaron asentarse la polvareda al detenerse el Chevy frente al negocio. Un hombre y una mujer se apearon del vehículo y se dirigieron hacia los viejos.
—Disculpe señor, creo que nos hemos perdido. ¿Sabe dónde puedo retomar la ruta 315? —consultó el muchacho, que no aparentaba más de 25 años.
El anciano se inclinó un poco hacia adelante y le preguntó mirándolo por encima de sus anteojos.
— ¿Adónde se dirige, caballero?
—Hacia Cold Lake.
— ¡Pues sí que se ha desviado! Está a más de cincuenta kilómetros del empalme de la ruta. Esto es Redfield.
—No vi ese nombre en el mapa—, dijo el muchacho rascándose la cabeza.
—No se preocupe, es un pueblo pequeño y tranquilo. No figura en la mayoría de los mapas de caminos.
El joven intercambió una mirada con la chica, que suspiró de fastidio.
— ¿Hay algún lugar donde podamos pasar la noche? Es que estamos de luna de miel y teníamos reservaciones en Cold Lake, pero está oscureciendo y preferiría descansar. Estuve conduciendo casi todo el día—, inquirió al anciano.
—Joven, no es tan mala la ruta, puede conducir tranquilo y a la madrugada estaría en Cold Lake—, dijo la anciana, con una expresión exageradamente melosa. El viejo le dirigió una extraña mirada inescrutable.
—Cariño, los jóvenes están cansados. Es su luna de miel, creo que tienen derecho a pasar la noche. Qué clase de luna de miel sería si tienen un accidente por dormirse conduciendo.
La anciana bajó la mirada y asintió.
—Caballero—, dijo el anciano al joven, que los miraba como hipnotizado—, a unos seis kilómetros hay un motel. Creo que puede ser lo que está buscando para descansar.
—Ok, muchas gracias señor—, dijo el muchacho, y le hizo señas a la chica para que entrara en el coche—. Seis kilómetros nada más.
—No puede perderse—, le dijo el viejo, y sonrió una sonrisa sin dientes que repugnó al joven. La parejita entró en el Chevy y con un rugido, continuaron su camino por la ruta con la consiguiente polvareda que ahora apenas se veía en la tenue luz del anochecer.
—Te dije que vendrían—, dijo el viejo—. ¿Qué se supone que fue eso? ¿Querías acaso que se fueran? Sabes que no es posible.
—Es que... son apenas una pareja de recién casados.
—Si, pero no olvides qué día es hoy. Ya deberías haberte acostumbrado.
—Lo sé. Es que a veces... —la anciana prorrumpió en sollozos y se llevó las manos al rostro. El viejo le dirigió una mirada severa.
— ¡Ya basta! Todos tenemos que hacer nuestra parte. Nosotros, incluso los forasteros. Así ha sido desde hace más de 300 años.
La anciana se calmó un poco, pero las lágrimas siguieron rodando por sus mejillas.

El motel estaba allí, donde el viejo le había indicado. John sintió algo de alivio al pensar que podría descansar unas horas. Dado que Anna no se encontraba de buen humor debido a las vueltas que habían dado cuando él se había perdido, no esperaba nada de “acción” esa noche.
—Espero que podamos comer algo—, dijo ella con fastidio—. Detesto estos lugares de mala muerte.
—No te preocupes, cariño. Ya verás que estará todo bien—, detuvo el auto frente al motel—. A mal tiempo, buena cara.
Anna le dirigió una mirada asesina y él se apresuró a bajar del Chevy para evitar otra discusión. No era precisamente la idea que tenía para su luna de miel, pero ¡qué diablos! Al día siguiente todo seguiría por carriles normales.
Se registraron y se dirigieron a la habitación, no sin antes preguntar dónde podían comer.
—Detrás del edificio está la cafetería—, dijo el empleado—. Seguro que les gustarán las especialidades que tenemos.
John agradeció la información, y acompañó a su esposa a la habitación.
— ¡Muero por una ducha! Cariño ¿Quieres ducharte tú primero?
— ¿No has notado nada extraño en la forma en que nos miraba ese hombre? —dijo ella.
—No, pero la verdad es que no le presté mucha atención. ¿Por qué?
—Nos observaba como... bueno... raro.
—Supongo que no están acostumbrados a ver mucha gente por estos lugares.
Anna hizo un gesto como si espantara una mosca.
—En cuanto a la ducha, la tomaré... pero estaba pensando que tal vez quieras ayudarme a enjabonarme la espalda—, dijo ella dedicándole una caída de ojos seguida de una sonrisa insinuante.
—Por supuesto Señora Mitchels. Será un placer...

Se ducharon, hicieron el amor y luego se ducharon de vuelta. En la cafetería les sirvieron una sopa de vegetales y un poco de carne que era medianamente comestible. Si bien Anna ya no estaba de tan mal humor, parecía que había decidido tomarse todo con la mejor cara posible. Se retiraron a su cuarto y se dispusieron a dormir un poco.
Estaban acostados, abrazados, intentando conciliar el sueño sin lograrlo, cuando él le habló.
—Anna, cariño...
— ¿Mmsí?...
— ¿No sientes que es casi como si nos hubieran estado esperando? Sé que es una locura, pero por aquí no debe pasar mucha gente.
—Supongo que no.
—Y sin embargo pareciera como que nuestra llegada no hubiera afectado su rutina... como si hubiesen preparado todo para que estuviéramos aquí.
—Duerme ya, mi amor, son imaginaciones tuyas—, dijo ella, disimulando la intranquilidad que le provocaban las palabras de John.
Se durmieron.
El ataque llegó a la madrugada. Con un chasquido la puerta se abrió y cinco hombres entraron rápidamente en la habitación. El matrimonio no los oyó debido al profundo sueño en el que se encontraban, provocado por la droga que pusieron en su comida. Los amarraron y los subieron en una Pick Up, y luego de darle marcha se internaron en la negrura del bosque.

Cuando despertó, John no comprendía lo que estaba ocurriendo. Su mente tardó una eternidad para asimilar la visión que le devolvieron sus ojos. Se hallaba en el centro de un claro rodeado de árboles, desnudo y suspendido de cabeza a unos dos metros del suelo. A su alrededor había un círculo de gente intercalados con unas estacas de la altura aproximada de un hombre, con antorchas en los extremos, que iluminaban la dantesca escena. A su lado vio a su esposa, aún inconciente y en la misma situación que él. Después de unos instantes de perplejidad, reaccionó imprecando a la gente del círculo, entre los que reconoció a la pareja de ancianos que lo habían enviado al motel.
— ¡¿Qué es lo que ocurre?! ¡Por Dios, bájenme de aquí!
—Dios no tiene nada que ver con esto—, le dijo el anciano que ya conocía—. Éste no es su dominio.
De improviso escuchó un grito al lado suyo. Anna había despertado y estaba horrorizada por las circunstancias en que se encontraban.
— ¡John! ¡John! ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué hacemos aquí?!
— ¡No lo sé! ¡Bájennos, malditos enfermos!—, gritó John.
— ¡Silencio! —, dijo el viejo—. ¡Jedediah, amordázalos!
El aludido, que no era otro que el empleado del motel, se adelantó presuroso seguido de dos hombres más y cumplió la orden, no sin dificultad ya que la pareja se movía dentro de sus posibilidades. Al fin quedaron amordazados, una bañada en lágrimas, y el otro fulminando a todos con la mirada y sacudiéndose aún.
El viejo se adelantó.
—Es la hora—, dijo.
Un sonido de tambores surgió desde algún lugar a espaldas de John. El círculo de gente comenzó a entonar una salmodia delirante, y algunos iniciaron una frenética danza. John observaba con espanto mientras seguía intentando liberarse en vano. De reojo vio a su mujer, que tenía los ojos abiertos como platos y la mirada desencajada de terror. Los bailarines empezaron a golpearse y a arrancarse la ropa, y al cabo de unos minutos se hallaban todos desnudos y como poseídos por una demente euforia. El espectáculo era realmente horripilante. El viejo hizo una seña y entre dos muchachos trajeron una cabra y la condujeron hasta una piedra redonda, en el borde del claro. Él sabía lo que vendría, pero no pudo apartar la vista. Por dentro rogaba que Anna se desmayara, que no viera eso. El anciano tomó un cuchillo enorme y sin prisa degolló al animal, sosteniéndolo para que se desangrara sobre la piedra. La multitud prorrumpió en alaridos y vítores, mientras el viejo murmuraba algo en un idioma que John jamás había escuchado. Los murmullos fueron subiendo de volumen, coreados por los gritos de los presentes en un crescendo infernal. No podía distinguir las palabras de esa extraña jeringonza. Le pareció oir algo como “Niggurath” y “Azatoth”. Pero quizá fueron imaginaciones de él, acuciado por el horror de la situación. Su mujer al fin se había desmayado y colgaba inerte a su lado. Y John mismo había dejado de sacudirse, pues aunque estaba aterrorizado, la escena y el canto no dejaban de tener algo de hipnótico.
Ahora todos se hallaban mirando hacia la espesura de los árboles, como si estuvieran esperando algo. O a alguien. La salmodia continuó por un tiempo indeterminado, mientras que algunos de los cultistas habían caído postrados, presas de un frenesí místico.
Entonces llegó el verdadero horror.
Porque aquello que la gente había estado invocando, se presentó al fin. Con pavor, John escuchó un sonido estremecedor, como si una gran masa se desplazara por el bosque, arrancando los árboles a su paso. En la negrura umbría que lo rodeaba más allá del círculo de luz, creyó ver algo enorme, más oscuro que la oscuridad misma. Era la personificación del terror, la materialización de todos los miedos. Cuando pudo distinguir algo de la gelatinosa cosa que se aproximaba a la luz, comenzó a sacudirse como un poseso, gritando a pesar de la mordaza, incapaz de pensar ya. Todo lo que quería hacer era huir, salir de allí. No le importaba su esposa, no le importaba nada. Su cordura había quedado en la habitación del motel, esto simplemente no podía estar sucediendo. El universo no podía permitir semejantes monstruosidades. Cerró los ojos, buscando escapar de la visión de esa masa amorfa, de esos cientos de ojos que lo observaban, de esos cuernos antinaturales que asomaban de todas partes, de esos dientes y esas bocas que se movían absurdamente y emitían gorgoteos aberrantes mientras la cosa se acercaba.
La multitud gritó “¡Iä, Shub-Niggurath!”, y lo último que John pudo ver antes de perder la conciencia para siempre, fue al viejo adelantándose con el cuchillo hacia Anna.

La investigación que tuvo lugar durante diciembre de ese año, debido a la desaparición de John y Anna Mitchels, recién casados, fue infructuosa. El auto en el que viajaban fue hallado sobre la ruta 315, veinte kilómetros antes de Cold Lake, que aparentemente era el destino de la pareja. No había rastros allí que indicaran la suerte del joven matrimonio. Parecía como si hubieran aparcado el Chevy y se hubiesen ido sencillamente. No había señales de violencia ni nada que aportara datos a la policía. A los dos meses el inspector que se encargaba del caso se topó de casualidad con información de un suceso similar ocurrido siete años antes, que permanecía sin resolverse. Desgraciadamente se retiró de las fuerzas una semana después y el caso fue cerrado debido a la falta de evidencia. Después de todo, medio millón de personas desaparecen cada año. Puede ocurrirle a cualquiera.


© BlackWolf 2008

jueves 4 de diciembre de 2008

Divagando



Días grises y de melancolía.
El silencio grita, grita a viva voz.
La lluvia cae, pertinaz y fría.
Mi mente divaga, divaga hacia vos

La poesía surge, surge implacable,
tenaz como el río que corre hacia el mar.
Sentimiento lejano, ternura insondable,
profundidad enorme, amor abismal.

Quisiera gritar lo que mi alma ansía
y al fin ser libre de esta angustia atroz.
Mas, ¡Ay de mí! la lluvia cae fría
y mi mente divaga, divaga hacia vos...




© BlackWolf 2008