
El impulso lo golpeó como una bofetada y lo obligó a moverse. Era una suerte de sensación en la boca del estómago la que lo despertó del sueño en el que estaba sumido, y le hizo observar extrañado la habitación en la que se encontraba, sin comprender de donde venía aquello. Entonces la necesidad vino de nuevo, de una manera casi desquiciante, insoportable. Se levantó y abandonó la habitación hacia la calle.
El aire nocturno penetró por sus fosas nasales trayéndole aromas mezclados. Aire de ciudad, aromas de la gran urbe, tan natural y antinatural al mismo tiempo que lo desconcertó, pues los olores siempre habían tenido poder sobre él, aunque nunca se había preguntado el por qué. Sencillamente era una de las tantas cosas que daba por sentado.
Como la necesidad que tenía de matar.
La liberación del impulso asesino, sin remordimientos, sin culpas. Sólo matar. Sentir la sangre, el miedo de su víctima, lo enloquecía de placer, lo excitaba tanto que le temblaban las piernas. Él los veía como seres inferiores, como meros juguetes de su sed de sangre. Si un psiquiatra hubiera podido analizar su mente lo hubiese calificado como sociópata. Pero eso era algo que no ocurriría jamás. Nunca se había preocupado por su sanidad mental. Nunca le había interesado aprender sobre el funcionamiento de la sociedad más allá de lo que le era indispensable para subsistir. La fiebre asesina para él era algo normal, y el hecho de tener que hacerlo sin ser descubierto también era parte del mismo juego.
Escuchó a su víctima antes de verla. Escuchó sus pasos, despreocupados, que lo conducían hacia él, hacia su muerte. Esperó como un cazador que espera a su presa, escondido en las sombras del callejón.
La calle estaba desierta a esa hora de la noche. Se oían ruidos lejanos de bocinas de autos, música y cosas más difíciles de describir. Las luces de neón alumbraban pequeños círculos de claridad entre la penumbra, creando y multiplicando las sombras de las cosas. Aquí y allá baches de oscuridad añadían un toque macabro a la escena. La luna se elevaba, recortada por los edificios, blanca y majestuosa, llena y enorme, apagando el brillo de las pocas estrellas visibles por el resplandor de las luces de la ciudad. Y por la vereda, ensimismado en sus propios asuntos, avanzaba presurosa la víctima, sin saber hacia qué se dirigía. Los anteriores asesinatos nunca habían sido considerados relevantes por la prensa, y de todas formas él no habría podido saberlo, ya que no era aficionado a leer los diarios. Y su muerte aguardaba agazapada en la oscuridad.
Todo sucedió muy rápido.
El asesino se arrojó sobre su presa casi sin hacer ruido. La víctima no llegó comprender que sucedía, y, aterrorizada hasta el paroxismo, quiso escapar. Pero el verdugo sabía demasiado bien lo que tenía que hacer para sujetarlo mientras disfrutaba del olor del terror que emanaba de aquél. Se permitó entretenerse, dándole una aparente posibilidad de escapar, pero sin soltarlo nunca, disfrutando de su miedo, de los sonidos ininteligibles que salían de la garganta que pronto se apagaría en estertores sanguinolentos.
Cuando se cansó de jugar, temeroso de que el ruido pudiese atraer a alguien y tuviera que huir sin haber saciado su impulso asesino, con un rápido movimiento le rompió el cuello. Lo observó inerte en el suelo por unos instantes, regodeándose en la sangre y la adrenalina mientras se tranquilizaba su corazón, ya satisfecha su sed sanguinaria.
La calle seguía desierta, ignorante el mundo de la tragedia que acababa de acontecer. Todo eso le era ajeno en ese momento de satisfacción. No existía el pasado ni el futuro. Sólo eran él y el cuerpo que yacía debajo de él, muerto. La noche era indiferente y continuaba con su trajín impersonal de aromas y sonidos lejanos. Hasta la noche en que el impulso volviera.
De repente un ruido en el callejón lo puso alerta. Agachó las puntiagudas orejas y maulló largamente, desafiante; tomó al ratón muerto en sus fauces y se alejó hacia la oscuridad con un andar rápido y felino.
© BlackWolf 2009