Desperté a media mañana, como cualquier otro día de vacaciones. Me levanté y tomé un desayuno rápido, y luego mi mamá me envió a hacer unas compras. Cuando volvía de esos mandados, al pasar por enfrente de la casa abandonada, me detuve y me obligué a observarla. A esta altura ya había empezado a sentir ansiedad, ganas de terminar todo el asunto de una buena vez. La casa permanecía allí, ajena a todos estos conflictos que me atribulaban, imperturbable al paso del tiempo, como algún monstruo dormido de un cuento para asustar niños. Esperando…
Luego de unos instantes, seguí mi camino, más contrariado que antes.
Una hora después de comer, llamaron a la puerta de mi casa. Eran Seba y el Checho, yo ya lo sabía antes de abrir la puerta.
—Vamos—, dijo el Checho.
— ¿Y Gustavo? —pregunté.
—Dijo que en un rato viene.
Salí y cerré la puerta. Cruzamos la calle y nos dirigimos hacia el terreno lindero de la temida casa, que pertenecía a la misma propiedad, y que era donde generalmente jugábamos. Nos habíamos fabricado una “puerta” levantando una de las esquinas del cerco de alambre, para poder entrar y salir fácilmente en nuestras habituales correrías. Al fondo del terreno había un nogal enorme —que normalmente era uno de los postes del arco cuando jugábamos a la pelota—, más atrás había un bosquecillo de granados y limoneros y un pequeño macizo de cañas. La hierba no crecía excesivamente, en parte gracias a que nosotros mal que mal la manteníamos corta de tanto pisotearla. Es que ese terreno era sencillamente el centro de nuestras actividades; nos brindaba espacio para correr, lugares donde ocultarnos… ¿Qué más podía pedir un chico de nueve años? Incluso el fondo de la casa era utilizado por nosotros. Había un cobertizo vacío, en el que nos resguardábamos cuando la lluvia nos sorprendía allí, tres tanques de agua —sin agua— en los que ya no nos ocultábamos, porque era un escondrijo demasiado sabido, y cuatro vigas en forma de arco para colocar una parra, que había desaparecido hacía mucho tiempo, y que semejaban las blanquecinas costillas de algún engendro antediluviano. Y allí estaba la casa propiamente dicha: dos ventanas tapadas por postigos metálicos, que alguna vez habían estado pintados de color verde, la pared descascarada y una desvencijada armazón con alambre de mosquitero oxidado cubriendo la sólida puerta de madera. La puerta que intentaríamos abrir.
Aguardamos a Gustavo bajo la sombra del nogal, conversando de cualquier otra cosa. Se notaba que todos teníamos miedo, pero nos esforzábamos por no mostrarlo, por una cuestión de hombría. Incluso en un momento me pregunté si no estarían todos dispuestos a abandonar la idea. Pero mientras buscaba alguna forma “decorosa” de proponerlo, escuchamos el conocido silbido de Gustavo que nos avisaba que ya estaba llegando. Al cabo de unos instantes lo vimos atravesar el cerco de alambre, y venir hacia nosotros.
—Bueno ¿Cómo hacemos? —preguntó el Checho una vez que todos estuvimos reunidos.
Nos dimos cuenta de que no habíamos pensado en eso. Hicimos varias sugerencias, cada una más irrealizable que la otra; desde darle de patadas a la puerta, hasta usar un ariete. Finalmente el Checho salió con lo más simple: usar algún trozo de fierro como barreta y palanquear la puerta. Estuvimos de acuerdo y nos dimos a la tarea de encontrar algo que sirviera a nuestro propósito. Registramos durante un rato el terreno infructuosamente, hasta que recordé que en mi casa tenía un tramo corto de viga afilado para usarse como cincel, que nos vendría de perillas para lo que queríamos hacer.
Una vez que lo hube traído, el Checho se hizo cargo de la tarea. Con decisión encajó la improvisada barreta entre el marco y la puerta e intentó forzarla; al ver que con su fuerza sola no alcanzaba, tomamos entre todos el cincel y dimos un fuerte empellón. Con un crujido siniestro, se astilló un trozo del marco y se zafó el pestillo.
La puerta ya estaba abierta.
Tardamos unos momentos en darnos cuenta, parecía como si nos hubiéramos sido privados de la capacidad de movernos. La puerta se entreabría, mostrándonos la negra entrada a lo desconocido. El corazón golpeaba en mi pecho como si fuera a salirse de mí. Las caras de todos reflejaban el terror. Pasados unos segundos recuperamos un poco el dominio de nosotros mismos y comenzamos a movernos. El Checho se volvió y preguntó.
— ¿Quién entra primero?
Nos miramos entre todos, sin que nadie dijera nada—. Vos fuiste el de la idea, Checho—, le dije.
—Ah, sí... ¿Querés que haga todo yo?
—Saquemos palitos—, propuso Gustavo. Ninguno objetó, así que se agachó y cortó unas briznas de hierba, y, de espaldas a nosotros, las preparó. Seba fue el primero en sacar. Seguí yo, rogando por dentro que no me tocara a mí la más corta, mientras un sudor frío me empapaba la frente. Luego fue el turno del Checho y, acto seguido las comparamos: Seba fue el elegido. Seguían el Checho, yo y por último, Gustavo. El rostro de Seba perdió el color, estaba muerto de miedo, pero luchó por ocultarlo y sonar decidido.
—Bueno, voy yo primero...
Se adelantó, y, como recordando algo, el Checho le alcanzó una pequeña linterna a pilas que sacó del bolsillo—. Tomá, lleva la linterna vos—, enarboló el cincel como un garrote—, yo te sigo con esto... por las dudas.
Seba lo miró, tomó la linternita que le ofrecía, y con gesto grave se dirigió a la entrada de la casa. Nos colocamos detrás de él en fila india y, de un empujón, Seba abrió la puerta de par en par.
Entró y lo seguimos. Lo primero que vi, fue lo que en otro tiempo era la cocina, con azulejos blancos manchados por el paso de los años en las paredes, y las oscurecidas marcas en el lugar que ocupaban antes la heladera, lo que probablemente era una alacena y la cocina propiamente dicha. La luz que teníamos eran los tenues rayos de sol que entraban por la puerta que habíamos abierto, y más allá la oscuridad iba devorando lo que alcanzábamos a ver. Todo lo que quedaba aquí era una mesada de mármol, sucia y rota. El piso de mosaicos estaba cubierto del polvo de décadas, y amortiguaba nuestros pasos. A tres metros de distancia, Seba encendió la linterna y pude ver su palpitante círculo luminoso caminando por la pared más alejada y penetrar por el hueco de una puerta. El pecho parecía que iba a estallarme, mientras me decía a mí mismo que no había nada que temer, aunque una parte de mi mente estaba aterrada. Seba oteó a través de la negrura con la linterna, tratando de ver antes de seguir por la puerta, que era como la boca de un lobo. Luego pasó por la puerta, seguido por el Checho y, a un paso de distancia detrás, Gustavo y yo.
El piso de mosaicos dejaba lugar a uno de madera, que sonó quejumbrosamente cuando Seba puso un pie en él. Al oir el sonido, nos detuvimos, y pude sentir la respiración de Gustavo más agitada que nunca.
—No pasa nada, la madera hace ruido—, dijo Seba en un susurro.
Seguimos. La habitación a la que entramos era cuadrada y aparentemente estaba vacía, salvo por trozos de madera, y del cielorraso caído en otra época. El aire estaba viciado y olía a humedad y encierro de muchos años. Sobre la pared opuesta se veían finísimas líneas de luz en lo que nos dimos cuenta que era una de las ventanas cerradas del frente. Seba iluminó hacia la izquierda con la linterna y ahí estaba la puerta principal. Luego siguió haciendo correr el tenue círculo de claridad hasta encontrar la otra pared, y continuó por ésta, pasando por montículos de carcoma y suciedad, hasta encontrar una puerta cerrada. A dos metros había otra más, y después la pared de la cocina, de la cual veníamos. Nos dirigimos a la primera puerta, o mejor dicho, Seba caminó hasta ella empujado por el Checho, y nosotros fuimos detrás. Me estaba costando respirar, sentía como si me oprimieran los pulmones, y hasta donde podía ver no era el único. Seba dirigió una temblorosa mano al picaporte de la puerta, y lentamente, tratando de hacer el menos ruido posible, lo abrió y retiró la mano como si le quemara. Las bisagras oxidadas se quejaron con un chirrido que nos sobresaltó, y se abrió lentamente. A la luz de la linterna nos asomamos todos para atisbar en el interior de la estancia que había tras la puerta. Al principio no disitnguí nada, pero a medida que Seba movía la luz vimos lo que había sido un dormitorio. El esqueleto de una cama con los restos podridos del colchón aún encima, aparecía muerto en el rincón más alejado. Aquí el cielorraso parecía haberse desplomado más que en el lugar donde estábamos nosotros: por todo el suelo se veían pedazos de mampostería y restos de la descascarada pintura que cubría las paredes sucias y ennegrecidas. Sobre la cama, en la cabecera, un crucifijo, ya negro y torcido, dominaba la escena parodiando un sepulcro. Eso fue lo que me vino a la mente, y no pude evitar decirlo en un murmullo.
—Es una tumba...
El Checho me miró y negó con un movimiento de la cabeza—. ¿Qué decís?
—Nada...
—Ya está, vámonos—, susurró Gustavo, que aferraba mi brazo con los dedos agarrotados.
—Para que falta esa puerta... —empezó a decir el Checho, cuando lo interrumpió Seba con un grito ahogado.
— ¡Miren!
Dirigimos la vista hacia donde apuntaba con la linterna. Sobre un cajón de madera ajado, en el rincón opuesto a la cama, había una figura. Se me secó la boca y por un momento no pude respirar, hasta que me dí cuenta de que era una efigie de yeso. Representaba un diablesa, roja, de rasgos indefinibles y en posición arrodillada. Nunca lo había visto antes pero me dí cuenta de lo que era antes de que Gustavo dijera, con un temblor en la voz que ya no se esforzaba en disimular: — ¡Les dije! ¡Les dije que adoraban al...!
— ¡Callate! —, le dijo el Checho, con un ademán cortante—. Veamos la otra puerta y nos vamos.
Seba intentó volver a cerrar la habitación pero desistió al comprobar que hacía mucho ruido. Estoy seguro de que el pobre no daba más de los nervios.
Se dirigió a la siguiente puerta, que era igual a la anterior, y al igual que la anterior vez, muy despacio, acercó la mano al picaporte. Lentamente lo giró una, dos y tres veces, sin conseguir abrir la puerta. De repente el Checho gritó.
Nos sobresaltamos; Seba dejó caer la linterna y Gustavo casi me arrancó la manga de la remera. Yo por mi parte, me quedé sin aire, como si me hubiera asfixiado, y el estómago lo sentía como lleno de cemento. Miramos al Checho, que comenzó a reirse a carcajadas.
— ¡Qué cagazo! ¡Ja ja ja! ¡Casi se hacen encima! —decía entre risa y risa. Seba lo miraba como para matarlo. Gustavo le largó una puteada por lo bajo, mientras que yo no podía mandar al Checho al demonio, ya que aún estaba recuperando la respiración.
— Checho, ¿Por qué no te vas un poco a la mierda?—le espetó Seba—. ¿Sos pelotudo o te hacés?
—Yo me voy al carajo—, dijo Gustavo, soltándome por fin el brazo—. Checho sos un...
Todos lo sentimos. Un golpe repentino, como si algo hubiera caído, sonó del otro lado de la puerta. El Seba todavía aferraba el picaporte, y lo soltó como si estuviera ardiendo. Su rostro se desfiguró del terror. El Checho quedó medio agachado, con la risa congelada, mientras que sus ojos se abrían como platos del espanto. El pánico se apoderó de mí, quería salir corriendo pero me encontraba paralizado; estaba clavado al piso y las piernas no me respondían. Todas las historias que había oído sobre esa casa, todos los rumores se daban cita en mi cabeza, en un caleidoscopio de imágenes aterradoras. No conseguía hilvanar un solo pensamiento coherente. De pronto sonó otro golpe, esta vez más próximo, como si algo estuviera acercándose a nosotros a través de la habitación cerrada.
Fue la señal que nos sacó de la parálisis. Gustavo, el que estaba más cerca de la salida, fue el primero en desaparecer a la carrera. Yo corrí y corrí. No me preocupé por el Checho ni por Seba, que estaban detrás de mí. Simplemente intenté poner más distancia entre mí y ese horror desconocido. Crucé corriendo la cocina, salí por la puerta de atrás, y atravesé el terreno hacia el hueco en el alambrado. En mi huida lo encontré a Gustavo en el suelo. Se había tropezado con una de las raíces del nogal, y no conseguía levantarse. Lo tomé de la mano, sin detenerme, y lo alcé de un tirón. Escuchaba los sollozos de Seba y del Checho, que venían a toda velocidad. Crucé el cerco de alambre y seguí corriendo. Con los oídos martilleando y el corazón a punto de explotar, yo seguí corriendo.
La dueña de la casa vino al mes de este incidente. Nunca supo que los que forzaron la puerta fuimos nosotros, aunque nuestra historia corrió de boca en boca entre todos los chicos del barrio. La mujer mandó arreglar los destrozos y refaccionó parte de la casa. En todo ese tiempo, no habíamos vuelto a jugar allí, como podrán suponer. Al tiempo, la familia de Seba, que vivía al lado, se mudó a la ciudad, y no sé que habrá sido de él ya que perdí todo contacto. La vida suele hacer esas cosas.
Años después la casa fue arreglada, limpiada y vendida. Hoy vive allí una familia, de la cual soy amigo, aunque siempre invento alguna excusa cuando me invitan a pasar a su casa.
Supongo que debe haber alguna explicación lógica para el incidente que nos acaeció cuando teníamos nueve años. Todavía no la encontré. Lo único que conseguí fue sepultar en lo más profundo de mi mente ese recuerdo, para no revivirlo todos los días que paso frente a la casa. Aún así, en los días de verano, sobre todo a la hora de la siesta, siento un desasosiego creciente en mi interior. Aún así, todavía me despiertan las pesadillas. Aún así, no puedo dejar de recordar el miedo, el terrible miedo que me inundaba cuando corría aquella tarde, bañado en lágrimas y sudor frío, a encontrar refugio en los brazos maternos.
12 comentarios:
Bueno, ahora que lo veo creo que lo podría haber dividido en tres partes =P Me parece que tenía razón Corven, hasta se ve más largo, ja ja ja...
Bueno, lo que quería comentar para aquellos que no lo leyeron ya en el foro de Lovecraft, es que el relato está inspirado en un incidente real de mi niñez. De hecho, sigo viviendo a 50 metros de "la casa" del cuento. Se me ocurrió escribir tomando como base alguna de las anécdotas de mi infancia, pero agregándole algún elemento sobrenatural y reinventando algunas cosas para que cierre la historia Ésta en particular es una mezcla de anécdotas y los nombres están cambiados. De todas formas, la incursión que inspiró el cuento no fue en esa casa, sino en otra. Y me baso en lo que me contaron, porque cuando mis amigos entraron, ese día yo no era de la partida.
Aqui les dejo una foto de la casa como está hoy, pintada y con una familia viviendo en ella.
http://farm4.static.flickr.com/3130/3202825225_d6801288f6_b.jpg
Tienen que imaginarse como estaba hace más de 20 años =)
Este es el terreno que está a la izquierda de la casa, con el nogal y todo.
http://farm4.static.flickr.com/3515/3202825227_596bf0c3e3_b.jpg
Vaya Lobo, este relato está maravilloso. Creo que lo mejor que hiciste fue dejar a la imaginación del lector la creación de todo el aspecto sobrenatural, pues si lo lees pegado sólo al texto, todo tiene una explicación lógica.
Creo que me hubiera encantado estar en tu grupo de amigos de niño, pues por acá ese tipo de casas no las encuentras en los lugares donde he vivido.
Sinceramente me ha parecido grandioso el relato, un abrazo y nos seguimos leyendo!
jeje...
es un gran relato,blackwolf.ese checho U.U
siempre hay uno como el en cada grupo de amigos ><
saludines.
Gracias A.M.A! El elemento sobrenatural hay que enfrentarlño con la enorme imaginacion de un niño de 9 años, ja ja ja... Me alegra mucho que te haya gustado =) Te mando un gran abrazo también...
Marcelo, es verdad, en cada grupo de amigos se hallan ese tipo de personajes, ja ja ja
Lo único que puedo decir del chico que inspiró al Checho es que no terminó tan bien en la vida real, con el correr de los años =P
Saludijirijijillos, nos seguimos leyendo amigazo...
Buenísima ambientación! lo mejor de todo el relato! has escenificado tan al detalle la descripción física del lugar y los alrededores, y lo sentido pora cada uno de los protagonistas...¡¡que casi me sentí yo viviendo la experiencia!!
un beso querido Lobo, ¡te sigo leyendo! :D
Gracias por el comentario Mary! Sucede que las descripciones son lo que más me gusta de escribir, aunque puede ser que a veces me exceda un poco =P
De todas formas me alegro que haya quedado bien en este caso.
te mando un abrazo y nos seguimos leyendo =)
Lobito, releí con toda la calma del mundo. Creo que es uno de tus mejores relatos, por muchos motivos. De partida la redacción está impeque, nada que decir, FLUYE totalmente natural, no hay nada forzado ni por el estilo, además que es exquisita, porque no se pierde en detalles no llamativos, y los detalles que no aportan tanto a la historia, como lo del partido de fútbol, lo tomaste sin darle mucho, ni poco, quedó redonda esa parte.
La parte de las sensaciones físicas, me mató eso de tener cemento en el estómago, y la reacción final, cuando uno manda al diablo todo y sólo corre.
Sabes que, me encanta, la encuentro excelente, buenísima, de verdad. No se si ya lo pensaste, pero esta historia debería ir en la edición de la revista, voy a verlo con Sergio para que si te animas, no deje de incorporarla.
Un beso, apocalíptico!
Helena
Helena, me halagas! =)
Te agradezco el comentario, y me alegra sobremanera que te haya gustado. Por supuesto que me gustaria verlo en la revista, me animo, me animo, ja ja ja
Te mando un besote, y nos seguimos leyendo...
...yo también colgué uno...
^___^
Claro que me gustó, y mucho. Los pormenores los conversamos luego, en privado, te parece bien, MI BLACKWOLF...???
Un beso, grande, ciclópeo!
Helena
Allá va entonces, muchacho, si bien tú me das la razón en lo de la longitud, igual es una obra magna del relato de terror visceral, básico, humano hasta más no poder. Ha sido un gusto releerlo y más aún reencontrarte
Vaya... habrá que pasearse con más detención por estos lares... lo invito al ladob donde se puede fumar.
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