viernes, 19 de diciembre de 2008

Puede ocurrirle a cualquiera


Las luces del ocaso refulgían en la nube de polvo que levantaba el automóvil a su paso. La pareja de ancianos, sentados en sendas reposeras en el pórtico de la tienda, obrservaron asentarse la polvareda al detenerse el Chevy frente al negocio. Un hombre y una mujer se apearon del vehículo y se dirigieron hacia los viejos.
—Disculpe señor, creo que nos hemos perdido. ¿Sabe dónde puedo retomar la ruta 315? —consultó el muchacho, que no aparentaba más de 25 años.
El anciano se inclinó un poco hacia adelante y le preguntó mirándolo por encima de sus anteojos.
— ¿Adónde se dirige, caballero?
—Hacia Cold Lake.
— ¡Pues sí que se ha desviado! Está a más de cincuenta kilómetros del empalme de la ruta. Esto es Redfield.
—No vi ese nombre en el mapa—, dijo el muchacho rascándose la cabeza.
—No se preocupe, es un pueblo pequeño y tranquilo. No figura en la mayoría de los mapas de caminos.
El joven intercambió una mirada con la chica, que suspiró de fastidio.
— ¿Hay algún lugar donde podamos pasar la noche? Es que estamos de luna de miel y teníamos reservaciones en Cold Lake, pero está oscureciendo y preferiría descansar. Estuve conduciendo casi todo el día—, inquirió al anciano.
—Joven, no es tan mala la ruta, puede conducir tranquilo y a la madrugada estaría en Cold Lake—, dijo la anciana, con una expresión exageradamente melosa. El viejo le dirigió una extraña mirada inescrutable.
—Cariño, los jóvenes están cansados. Es su luna de miel, creo que tienen derecho a pasar la noche. Qué clase de luna de miel sería si tienen un accidente por dormirse conduciendo.
La anciana bajó la mirada y asintió.
—Caballero—, dijo el anciano al joven, que los miraba como hipnotizado—, a unos seis kilómetros hay un motel. Creo que puede ser lo que está buscando para descansar.
—Ok, muchas gracias señor—, dijo el muchacho, y le hizo señas a la chica para que entrara en el coche—. Seis kilómetros nada más.
—No puede perderse—, le dijo el viejo, y sonrió una sonrisa sin dientes que repugnó al joven. La parejita entró en el Chevy y con un rugido, continuaron su camino por la ruta con la consiguiente polvareda que ahora apenas se veía en la tenue luz del anochecer.
—Te dije que vendrían—, dijo el viejo—. ¿Qué se supone que fue eso? ¿Querías acaso que se fueran? Sabes que no es posible.
—Es que... son apenas una pareja de recién casados.
—Si, pero no olvides qué día es hoy. Ya deberías haberte acostumbrado.
—Lo sé. Es que a veces... —la anciana prorrumpió en sollozos y se llevó las manos al rostro. El viejo le dirigió una mirada severa.
— ¡Ya basta! Todos tenemos que hacer nuestra parte. Nosotros, incluso los forasteros. Así ha sido desde hace más de 300 años.
La anciana se calmó un poco, pero las lágrimas siguieron rodando por sus mejillas.

El motel estaba allí, donde el viejo le había indicado. John sintió algo de alivio al pensar que podría descansar unas horas. Dado que Anna no se encontraba de buen humor debido a las vueltas que habían dado cuando él se había perdido, no esperaba nada de “acción” esa noche.
—Espero que podamos comer algo—, dijo ella con fastidio—. Detesto estos lugares de mala muerte.
—No te preocupes, cariño. Ya verás que estará todo bien—, detuvo el auto frente al motel—. A mal tiempo, buena cara.
Anna le dirigió una mirada asesina y él se apresuró a bajar del Chevy para evitar otra discusión. No era precisamente la idea que tenía para su luna de miel, pero ¡qué diablos! Al día siguiente todo seguiría por carriles normales.
Se registraron y se dirigieron a la habitación, no sin antes preguntar dónde podían comer.
—Detrás del edificio está la cafetería—, dijo el empleado—. Seguro que les gustarán las especialidades que tenemos.
John agradeció la información, y acompañó a su esposa a la habitación.
— ¡Muero por una ducha! Cariño ¿Quieres ducharte tú primero?
— ¿No has notado nada extraño en la forma en que nos miraba ese hombre? —dijo ella.
—No, pero la verdad es que no le presté mucha atención. ¿Por qué?
—Nos observaba como... bueno... raro.
—Supongo que no están acostumbrados a ver mucha gente por estos lugares.
Anna hizo un gesto como si espantara una mosca.
—En cuanto a la ducha, la tomaré... pero estaba pensando que tal vez quieras ayudarme a enjabonarme la espalda—, dijo ella dedicándole una caída de ojos seguida de una sonrisa insinuante.
—Por supuesto Señora Mitchels. Será un placer...

Se ducharon, hicieron el amor y luego se ducharon de vuelta. En la cafetería les sirvieron una sopa de vegetales y un poco de carne que era medianamente comestible. Si bien Anna ya no estaba de tan mal humor, parecía que había decidido tomarse todo con la mejor cara posible. Se retiraron a su cuarto y se dispusieron a dormir un poco.
Estaban acostados, abrazados, intentando conciliar el sueño sin lograrlo, cuando él le habló.
—Anna, cariño...
— ¿Mmsí?...
— ¿No sientes que es casi como si nos hubieran estado esperando? Sé que es una locura, pero por aquí no debe pasar mucha gente.
—Supongo que no.
—Y sin embargo pareciera como que nuestra llegada no hubiera afectado su rutina... como si hubiesen preparado todo para que estuviéramos aquí.
—Duerme ya, mi amor, son imaginaciones tuyas—, dijo ella, disimulando la intranquilidad que le provocaban las palabras de John.
Se durmieron.
El ataque llegó a la madrugada. Con un chasquido la puerta se abrió y cinco hombres entraron rápidamente en la habitación. El matrimonio no los oyó debido al profundo sueño en el que se encontraban, provocado por la droga que pusieron en su comida. Los amarraron y los subieron en una Pick Up, y luego de darle marcha se internaron en la negrura del bosque.

Cuando despertó, John no comprendía lo que estaba ocurriendo. Su mente tardó una eternidad para asimilar la visión que le devolvieron sus ojos. Se hallaba en el centro de un claro rodeado de árboles, desnudo y suspendido de cabeza a unos dos metros del suelo. A su alrededor había un círculo de gente intercalados con unas estacas de la altura aproximada de un hombre, con antorchas en los extremos, que iluminaban la dantesca escena. A su lado vio a su esposa, aún inconciente y en la misma situación que él. Después de unos instantes de perplejidad, reaccionó imprecando a la gente del círculo, entre los que reconoció a la pareja de ancianos que lo habían enviado al motel.
— ¡¿Qué es lo que ocurre?! ¡Por Dios, bájenme de aquí!
—Dios no tiene nada que ver con esto—, le dijo el anciano que ya conocía—. Éste no es su dominio.
De improviso escuchó un grito al lado suyo. Anna había despertado y estaba horrorizada por las circunstancias en que se encontraban.
— ¡John! ¡John! ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué hacemos aquí?!
— ¡No lo sé! ¡Bájennos, malditos enfermos!—, gritó John.
— ¡Silencio! —, dijo el viejo—. ¡Jedediah, amordázalos!
El aludido, que no era otro que el empleado del motel, se adelantó presuroso seguido de dos hombres más y cumplió la orden, no sin dificultad ya que la pareja se movía dentro de sus posibilidades. Al fin quedaron amordazados, una bañada en lágrimas, y el otro fulminando a todos con la mirada y sacudiéndose aún.
El viejo se adelantó.
—Es la hora—, dijo.
Un sonido de tambores surgió desde algún lugar a espaldas de John. El círculo de gente comenzó a entonar una salmodia delirante, y algunos iniciaron una frenética danza. John observaba con espanto mientras seguía intentando liberarse en vano. De reojo vio a su mujer, que tenía los ojos abiertos como platos y la mirada desencajada de terror. Los bailarines empezaron a golpearse y a arrancarse la ropa, y al cabo de unos minutos se hallaban todos desnudos y como poseídos por una demente euforia. El espectáculo era realmente horripilante. El viejo hizo una seña y entre dos muchachos trajeron una cabra y la condujeron hasta una piedra redonda, en el borde del claro. Él sabía lo que vendría, pero no pudo apartar la vista. Por dentro rogaba que Anna se desmayara, que no viera eso. El anciano tomó un cuchillo enorme y sin prisa degolló al animal, sosteniéndolo para que se desangrara sobre la piedra. La multitud prorrumpió en alaridos y vítores, mientras el viejo murmuraba algo en un idioma que John jamás había escuchado. Los murmullos fueron subiendo de volumen, coreados por los gritos de los presentes en un crescendo infernal. No podía distinguir las palabras de esa extraña jeringonza. Le pareció oir algo como “Niggurath” y “Azatoth”. Pero quizá fueron imaginaciones de él, acuciado por el horror de la situación. Su mujer al fin se había desmayado y colgaba inerte a su lado. Y John mismo había dejado de sacudirse, pues aunque estaba aterrorizado, la escena y el canto no dejaban de tener algo de hipnótico.
Ahora todos se hallaban mirando hacia la espesura de los árboles, como si estuvieran esperando algo. O a alguien. La salmodia continuó por un tiempo indeterminado, mientras que algunos de los cultistas habían caído postrados, presas de un frenesí místico.
Entonces llegó el verdadero horror.
Porque aquello que la gente había estado invocando, se presentó al fin. Con pavor, John escuchó un sonido estremecedor, como si una gran masa se desplazara por el bosque, arrancando los árboles a su paso. En la negrura umbría que lo rodeaba más allá del círculo de luz, creyó ver algo enorme, más oscuro que la oscuridad misma. Era la personificación del terror, la materialización de todos los miedos. Cuando pudo distinguir algo de la gelatinosa cosa que se aproximaba a la luz, comenzó a sacudirse como un poseso, gritando a pesar de la mordaza, incapaz de pensar ya. Todo lo que quería hacer era huir, salir de allí. No le importaba su esposa, no le importaba nada. Su cordura había quedado en la habitación del motel, esto simplemente no podía estar sucediendo. El universo no podía permitir semejantes monstruosidades. Cerró los ojos, buscando escapar de la visión de esa masa amorfa, de esos cientos de ojos que lo observaban, de esos cuernos antinaturales que asomaban de todas partes, de esos dientes y esas bocas que se movían absurdamente y emitían gorgoteos aberrantes mientras la cosa se acercaba.
La multitud gritó “¡Iä, Shub-Niggurath!”, y lo último que John pudo ver antes de perder la conciencia para siempre, fue al viejo adelantándose con el cuchillo hacia Anna.

La investigación que tuvo lugar durante diciembre de ese año, debido a la desaparición de John y Anna Mitchels, recién casados, fue infructuosa. El auto en el que viajaban fue hallado sobre la ruta 315, veinte kilómetros antes de Cold Lake, que aparentemente era el destino de la pareja. No había rastros allí que indicaran la suerte del joven matrimonio. Parecía como si hubieran aparcado el Chevy y se hubiesen ido sencillamente. No había señales de violencia ni nada que aportara datos a la policía. A los dos meses el inspector que se encargaba del caso se topó de casualidad con información de un suceso similar ocurrido siete años antes, que permanecía sin resolverse. Desgraciadamente se retiró de las fuerzas una semana después y el caso fue cerrado debido a la falta de evidencia. Después de todo, medio millón de personas desaparecen cada año. Puede ocurrirle a cualquiera.


© BlackWolf 2008

14 comentarios:

magunchi dijo...

wow :O si eso puede pasarle a cualquiera, espero no encontrarme con lugares como esos.
muy buena historia! :) me gustan las que tienen ese misterio que atrapa.

te sigo leyendo ;)

maguiiuiuiu

BlackWolf dijo...

Gracias Magunchi, la moraleja es "cuidado con los ancianos que te mandan al motel de un pueblo perdido, cuando estás de luna de miel"... como dije, puede ocurrirle a cualquiera XD
Gracias por tu visita!!!

A.M.A. dijo...

No sabes cuánto me estremecí al leer por primera vez "Niggurath", criatura horripilante aquella. Un excelente trabajo el que has hecho con este relato amigo Lobo, te mando un abrazo.

Nos seguimos leyendo.

BlackWolf dijo...

A.M.A., la realidad es que Shub-Niggurath es mi primigenio lovecraftiano favorito =) El terror sombrío de los bosques, personificado...
Gracias por el comentario, amigo, un abrazo!

Marcelo Carter dijo...

waaaaa!

la maestría de la "old school" en todo su esplendor!.

Me fascinó como comenzaste el relato,Blackwolf tan cinematográfico que casi me ví inmerso en antiquisimas peliculas que ví de niño.Y lo que vino luego,bueno las palabras sobran,terror puro y duro para la pobre pareja.

Un saludo,Blackwolf.Me ha encantado ^^

BlackWolf dijo...

Gracias Marcelo! Como te decía, quería terminar este relato antes de esta semana de fiestas, eso quizá se vio reflejado un poco en la "vertigosidad" (acabo de inventar una palabra, tiene perfecta "validancia" =P) de la segunda mitad del cuento. De todas formas hace siglos que quería escribir algo de los Mitos, y espero que no sea el último que me salga =)
Te mando un gran abrazo, nos seguimos leyendo...

A.M.A. dijo...

Te deseo una feliz navidad, amigo Lobo. Que la pases genial con los tuyos. Nos seguimos leyendo.

BlackWolf dijo...

Gracias A.M.A., igualmente para tí y para todos los blogeros amigos, una muy Feliz Navidad!!! =)

Mary Lovecraft dijo...

Querido BlackWolf, regresé de mi retiro oscuro y me encuentro con este regalo para los sentidos!

Como imaginarás, he disfrutado este cuentito, horrores (nunca mejor dicho) y es que los Mitos, también es una de mis temáticas favoritas, ya sabes!

Ojalá y te 'salgan' como dices, más cuentitos con este estilo.

Esperaré impaciente.

Un beso grande, te envío mis mejores deseos en estas fechas y que tengas una muy feliz entrada de año nuevo!!!
:*

(te sigo leyendo para ponerme al día!
por cierto, me encanta el nuevo cambio de 'look' que le imprimiste a tu negra noche! ;))

BlackWolf dijo...

Gracias Mary!!!
Extrañaba tus comentarios, me alegra que te haya gustado el cuento ¿Es que acaso te gustan los Mitos? ja ja ja, con ese ilustre apellido no podía ser menos...
Besos y saludos igualmente para tí en estas fiestas, y muy feliz año nuevo =)!!!
Y con respecto al nuevo look, es que estaba buscando algo un poco más "personalizado"... ;)
Nos seguimos leyendo Mary, un besote!!!

Anónimo dijo...

Que tal blackwolf,pues aqui disfrutando de estos cuentos tuyos.Mi blogger se bloqueo es por eso que lo hago como anonimo.Feliz año 2009.
LuisLovecraft

LuisLovecraft dijo...

Que tal Blackwolf,sumamente sugerente su relato.

BlackWolf dijo...

Gracias Luis!!! Me alegra que te haya gustado! Te mando un gran saludo y un muy feliz 2009 =)...

Corven Icenail dijo...

Bastante bueno. Un regreso a épocas más clásicas trae consigo algo de tu propia inspiración...

Me suena a un guión ideal para experimentar con una camarita digital por ahí...