
Lo primero que sintió Andrés fue el calor. Una sensación agobiante de asfixia, como si estuviera intentando inhalar en un vacío, mientras el brillo del sol le llegaba rojo a través de sus párpados cerrados y escaldaba su rostro. La conciencia le volvía lentamente; era como subir desde un abismo marino insondable, hacia el tenue resplandor de luz en la superficie. Todo se iba haciendo más claro, más nítido. Y luego comenzó a recordar.
Abrió los ojos de golpe y los volvió a cerrar, cegado por la encandilante luz del eterno mediodía. Se sentó y tosió por el polvo que había levantado.
—Veo que aún vives. Bien. No quería que murieras, por lo menos no tan pronto.
Con su mano a modo de visera buscó el origen de esa voz, sin haber razonado del todo las palabras. Una figura se recortaba contra el cielo de un azul casi doloroso. El hombre, que no alcanzaba a reconocer, vestía pantalón y camisa blancos y sombrero de color caqui y le apuntaba con una escopeta.
— ¿Acaso creíste que podías robarme las piedras? —, escupió en el suelo—. Deberías haber pensado mejor lo que hacías—, dijo con una extraña sonrisa.
Entonces las imágenes volvieron a su mente. Instintivamente se llevó la mano al estómago, lo que provocó una risa del hombre de la escopeta. Era Don Rosendo, su patrón. O más bien su ex-patrón, desde que Andrés había “renegociado” su salario, y había robado la bolsita de cuero con nueve diamantes. Él no había nacido para ser peón; sus sueños iban más allá de lo que su clase se permitía. Veía la injusticia de estar confinado a una semi esclavitud sin posibilidad alguna de escapar, y le hervía la sangre. Poco a poco fue construyendo su plan. Sedujo a la mucama de la casa, y le prometió un futuro. Era mentira, en su sueño no había lugar para otra persona, pero consiguió que le revelara algunos datos que sólo ella conocía por ser la confidente muda de la señora de la casa, y también por haber prestado atención a lo que le susurraba al oído Don Rosendo cuando la tomaba casi por la fuerza. Andrés le había hablado de dinero, de una familia y de amor y libertad, y ella había caído en la trampa. Había tomado la bolsita del cajón de la señora y se la había procurado, no sin antes hacerle dar su palabra de que volvería por ella. Andrés prometió todo lo que ella le pidió y, luego de ocultar bien las piedras, huyó al monte con la intención de no volver jamás. Tres horas después comprendió que todo plan tiene sus fallas, cuando los perros de caza lo cercaron en un recodo del río, y los rudos hombres de su patrón lo golpearon hasta casi matarlo. Y después de eso sólo había negrura.
—Tendrías que saber que no debes confiar en una mujer—, le dijo Don Rosendo mientras se sentaba en el capot del jeep—. Es una pena, era una buena hembra, pero ingenua como todas las de su clase. Ahora va a aprender a robar en el fondo del río.
— Me va a matar... —dijo Andrés arrastrando las palabras, todavía entumecido—. Me va a matar, pero no sabe dónde los escondí... y yo no se lo voy a decir.
Don Rosendo rió—. No, no te voy a matar. Por lo menos no personalmente. Y me puedo imaginar qué hiciste con las piedras, por lo que me dijo la puta esa. Me tienes que comprender, no puedo dejar que los demás peones piensen que me pueden ganar. No pueden. Y como no me gusta perder trabajadores, prefiero que tengan miedo. Así que vamos a dar un ejemplo—, dijo, y le hizo una seña para que mirase. Andrés dirigió la vista hacia sus propias piernas, y tardó unos segundos en darse cuenta de que estaban engrilladas.
—La plantación de mi familia la construyó mi abuelo, hace más de ochenta años. Y él sabía qué hacer en estos casos. Conoces los rumores que decían que en los años más calurosos él vendía al diablo a los peones que trabajaban menos—, prendió un cigarrillo—. Es un mito, una leyenda. Pero hay algo de verdad detrás de ella. ¿Sabes acaso en dónde estamos?
Andrés negó con la cabeza, demasiado aturdido como para hablar. Miró alrededor, pero sólo alcanzó a ver que estaba en un erial, sin vegetación a la vista, salvo algunas matas secas. El terreno era irregular y seco, salpicado de montículos arenosos. Desde el suelo, llegaba a ver el cauce de un río seco. El calor le nublaba la vista, y desdibujaba el escaso paisaje que iba más allá.
—Estamos en “Tierra Viva”—, le informó su captor. Había escuchado rumores de que la gente evitaba como la peste ese páramo que se encontraba unos cincuenta kilómetros al norte de la plantación. Los caminos daban un gran rodeo para no pasar por allí. Él siempre había desdeñado esos chismes de viejas supersticiosas, pero sabía que cuando había sequía, el desierto reinaba en un radio de kilómetros. Y luego de la temporada de lluvias, se solían rezar responsos para que Tierra Viva no se extendiera a las regiones circundantes. Nadie sabía quién o cómo se había originado la superchería, pero todos hablaban en voz baja de ella, si no podían evitarlo. Como él venía del sur, no se lo habían inculcado desde la niñez, y por lo tanto no entendía por qué los demás peones se persignaban cuando preguntó sobre ese lugar. “El Diablo vive ahí”, le decían, y se negaban —a veces en forma violenta— a seguir hablando del tema, por lo que él no insistía mucho.
—No tengo miedo—, fue lo único que logró decir.
— ¡Me gusta esa actitud! —, dijo entre risas Don Rosendo—. Así es más divertido.
—Nunca va a tener los diamantes si me mata.
Don Rosendo se acercó y se agachó junto a él, mientras le ponía el cañón de la escopeta en el pecho—. Créeme que, si no quisiera sembrar un ejemplo, ya los habría obtenido.
“No puede ser”, pensó Andrés, “Esto no puede estar ocurriendo”. No sentía sus extremidades, estaba completamente paralizado y confundido. Todo había salido mal. Todo. Pero, ¿por qué no lo mataba de una vez ese hijo de puta? Había algo que no entendía.
—Te voy a dar una oportunidad. Sólo una—. El hombre se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave—. Aquí está la llave de los grilletes. Si te los quitas, podrás correr—, dijo, y a continuación arrojó la llave hacia el cauce seco del río, a unos quince metros de dónde se encontraban—. Eso es todo.
Andrés miró sin comprender la parábola que describió la llave en el aire. Luego se puso de pie como pudo e intentó moverse, sólo para caer luego de un paso.
—Me va a disparar ¿no es cierto? —, preguntó mirando con furia al hacendado.
—No es necesario hacerlo—, dijo éste, y subiendo al jeep lo puso en marcha—. La Tierra Viva se encargará de ti—. Luego de decir esto aceleró unos metros y se detuvo junto a uno de los grandes montículos de tierra arenosa—. Por cierto, yo te diría que te apures—, dijo y comenzó a reírse mientras buscaba algo debajo del asiento. Por un segundo Andrés pensó que le iba a disparar, pero luego vio que lo que tenía en la mano era un bidón de agua. Sin dejar de reír, se inclino sobre el montículo y vertió el agua dentro; luego lo arrojó a un lado y se alejó rápidamente a la vez que su silueta se iba desdibujando por el calor que se elevaba del suelo. A lo lejos se seguían oyendo las carcajadas.
Andrés intentó pensar. No podía entender por qué lo dejaba allí sin más, ni la ceremonia extraña que acababa de presenciar. “Al demonio”, se dijo y empezó a arrastrarse en busca de la llave.
Se había movido un par de metros, y aún continuaba oyendo el rugir del jeep en la distancia, cuando otro sonido empezó a crecer. Esta vez venía de las entrañas de la tierra. Era una especie de chirrido, como de una sierra desafilada que intentara cortar un tronco particularmente duro. El sonido continuó subiendo de volumen, y él empezó a sentir miedo. Un miedo visceral, miedo a lo desconocido. Todas los rumores que había escuchado, todos los terrores de cientos de personas se daban cita en su mente afiebrada, y, con irracional desesperación intentó ponerse de pie, se enredó en las cadenas y dio de bruces en el polvo. El pánico crecía a pasos agigantados, y, entre sollozos de congoja, comenzó a arrastrarse lo más rápido que podía. Se encontraba a cinco metros de lo que en otro tiempo había sido la orilla del río cuando el sonido llegó al clímax y, aunque estaba cegado por el terror, se atrevió a mirar hacia atrás. La visión le quitó la respiración. De los montículos brotaba una masa cenicienta y terrosa, que vibraba al ritmo del sonido que producían sus millones de patas reptantes. Eran hormigas carnívoras. Excitadas por el agua salían de su madriguera buscando presas, como hacían todos los años luego de la temporada de lluvias. El espanto pareció vaciarle la médula de los huesos. Se volvió y comenzó a arrastrarse más rápido gimiendo como un niño. Se maldijo por haber sido atrapado, por haber creído que podía lograrlo, por no haber sabido qué era este lugar, por haber pedido trabajo en la plantación dos años antes, por haber nacido... Estaba a un metro y medio de la orilla y a dos más de la llave, cuando la horda lo alcanzó. Con un horror indescriptible sintió que comenzaban a reptarle miles de pequeñas patas por las pantorrillas, y un momento después un peso increíble cayó sobre sus pies. En su desesperación comenzó a sacudirse y a gritar, mientras intentaba darse la vuelta para utilizar sus manos. Las notaba por sus muslos, su espalda, moviéndose y mordiéndolo, arrancando su carne en minúsculos trozos, llevándolo a la locura del dolor. En un arrebato de demencia intentó erguirse, y logró levantarse un poco, lo suficiente para ver la llave. Luego, el peso de mil millones de pequeños cuerpos lo derribó y lo cubrió por completo. Las podía sentir lacerando toda su piel, quitándole el aire al oprimirlo contra el suelo. Lo que le quedaba de cordura —si es que aún le quedaba algo— lo perdió cuando las sintió penetrar en sus oídos, cercenando su carne al abrirse camino. Quiso gritar, pero el colgajo sanguinolento que había sido su lengua ya no le respondía, y al abrir la boca ya no pudo cerrarla. Tuvo aún unos instantes de conciencia mientras era masticado desde su interior.
Don Rosendo volvió dos semanas después, cuando estuvo seguro de que la Tierra Viva se hubiera apaciguado. Encontró únicamente fragmentos de los huesos grandes, y de entre ellos tomó los nueve diamantes, los mismos que Andrés le había robado y se había tragado con la esperanza de que no los hallaran.
Abrió los ojos de golpe y los volvió a cerrar, cegado por la encandilante luz del eterno mediodía. Se sentó y tosió por el polvo que había levantado.
—Veo que aún vives. Bien. No quería que murieras, por lo menos no tan pronto.
Con su mano a modo de visera buscó el origen de esa voz, sin haber razonado del todo las palabras. Una figura se recortaba contra el cielo de un azul casi doloroso. El hombre, que no alcanzaba a reconocer, vestía pantalón y camisa blancos y sombrero de color caqui y le apuntaba con una escopeta.
— ¿Acaso creíste que podías robarme las piedras? —, escupió en el suelo—. Deberías haber pensado mejor lo que hacías—, dijo con una extraña sonrisa.
Entonces las imágenes volvieron a su mente. Instintivamente se llevó la mano al estómago, lo que provocó una risa del hombre de la escopeta. Era Don Rosendo, su patrón. O más bien su ex-patrón, desde que Andrés había “renegociado” su salario, y había robado la bolsita de cuero con nueve diamantes. Él no había nacido para ser peón; sus sueños iban más allá de lo que su clase se permitía. Veía la injusticia de estar confinado a una semi esclavitud sin posibilidad alguna de escapar, y le hervía la sangre. Poco a poco fue construyendo su plan. Sedujo a la mucama de la casa, y le prometió un futuro. Era mentira, en su sueño no había lugar para otra persona, pero consiguió que le revelara algunos datos que sólo ella conocía por ser la confidente muda de la señora de la casa, y también por haber prestado atención a lo que le susurraba al oído Don Rosendo cuando la tomaba casi por la fuerza. Andrés le había hablado de dinero, de una familia y de amor y libertad, y ella había caído en la trampa. Había tomado la bolsita del cajón de la señora y se la había procurado, no sin antes hacerle dar su palabra de que volvería por ella. Andrés prometió todo lo que ella le pidió y, luego de ocultar bien las piedras, huyó al monte con la intención de no volver jamás. Tres horas después comprendió que todo plan tiene sus fallas, cuando los perros de caza lo cercaron en un recodo del río, y los rudos hombres de su patrón lo golpearon hasta casi matarlo. Y después de eso sólo había negrura.
—Tendrías que saber que no debes confiar en una mujer—, le dijo Don Rosendo mientras se sentaba en el capot del jeep—. Es una pena, era una buena hembra, pero ingenua como todas las de su clase. Ahora va a aprender a robar en el fondo del río.
— Me va a matar... —dijo Andrés arrastrando las palabras, todavía entumecido—. Me va a matar, pero no sabe dónde los escondí... y yo no se lo voy a decir.
Don Rosendo rió—. No, no te voy a matar. Por lo menos no personalmente. Y me puedo imaginar qué hiciste con las piedras, por lo que me dijo la puta esa. Me tienes que comprender, no puedo dejar que los demás peones piensen que me pueden ganar. No pueden. Y como no me gusta perder trabajadores, prefiero que tengan miedo. Así que vamos a dar un ejemplo—, dijo, y le hizo una seña para que mirase. Andrés dirigió la vista hacia sus propias piernas, y tardó unos segundos en darse cuenta de que estaban engrilladas.
—La plantación de mi familia la construyó mi abuelo, hace más de ochenta años. Y él sabía qué hacer en estos casos. Conoces los rumores que decían que en los años más calurosos él vendía al diablo a los peones que trabajaban menos—, prendió un cigarrillo—. Es un mito, una leyenda. Pero hay algo de verdad detrás de ella. ¿Sabes acaso en dónde estamos?
Andrés negó con la cabeza, demasiado aturdido como para hablar. Miró alrededor, pero sólo alcanzó a ver que estaba en un erial, sin vegetación a la vista, salvo algunas matas secas. El terreno era irregular y seco, salpicado de montículos arenosos. Desde el suelo, llegaba a ver el cauce de un río seco. El calor le nublaba la vista, y desdibujaba el escaso paisaje que iba más allá.
—Estamos en “Tierra Viva”—, le informó su captor. Había escuchado rumores de que la gente evitaba como la peste ese páramo que se encontraba unos cincuenta kilómetros al norte de la plantación. Los caminos daban un gran rodeo para no pasar por allí. Él siempre había desdeñado esos chismes de viejas supersticiosas, pero sabía que cuando había sequía, el desierto reinaba en un radio de kilómetros. Y luego de la temporada de lluvias, se solían rezar responsos para que Tierra Viva no se extendiera a las regiones circundantes. Nadie sabía quién o cómo se había originado la superchería, pero todos hablaban en voz baja de ella, si no podían evitarlo. Como él venía del sur, no se lo habían inculcado desde la niñez, y por lo tanto no entendía por qué los demás peones se persignaban cuando preguntó sobre ese lugar. “El Diablo vive ahí”, le decían, y se negaban —a veces en forma violenta— a seguir hablando del tema, por lo que él no insistía mucho.
—No tengo miedo—, fue lo único que logró decir.
— ¡Me gusta esa actitud! —, dijo entre risas Don Rosendo—. Así es más divertido.
—Nunca va a tener los diamantes si me mata.
Don Rosendo se acercó y se agachó junto a él, mientras le ponía el cañón de la escopeta en el pecho—. Créeme que, si no quisiera sembrar un ejemplo, ya los habría obtenido.
“No puede ser”, pensó Andrés, “Esto no puede estar ocurriendo”. No sentía sus extremidades, estaba completamente paralizado y confundido. Todo había salido mal. Todo. Pero, ¿por qué no lo mataba de una vez ese hijo de puta? Había algo que no entendía.
—Te voy a dar una oportunidad. Sólo una—. El hombre se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave—. Aquí está la llave de los grilletes. Si te los quitas, podrás correr—, dijo, y a continuación arrojó la llave hacia el cauce seco del río, a unos quince metros de dónde se encontraban—. Eso es todo.
Andrés miró sin comprender la parábola que describió la llave en el aire. Luego se puso de pie como pudo e intentó moverse, sólo para caer luego de un paso.
—Me va a disparar ¿no es cierto? —, preguntó mirando con furia al hacendado.
—No es necesario hacerlo—, dijo éste, y subiendo al jeep lo puso en marcha—. La Tierra Viva se encargará de ti—. Luego de decir esto aceleró unos metros y se detuvo junto a uno de los grandes montículos de tierra arenosa—. Por cierto, yo te diría que te apures—, dijo y comenzó a reírse mientras buscaba algo debajo del asiento. Por un segundo Andrés pensó que le iba a disparar, pero luego vio que lo que tenía en la mano era un bidón de agua. Sin dejar de reír, se inclino sobre el montículo y vertió el agua dentro; luego lo arrojó a un lado y se alejó rápidamente a la vez que su silueta se iba desdibujando por el calor que se elevaba del suelo. A lo lejos se seguían oyendo las carcajadas.
Andrés intentó pensar. No podía entender por qué lo dejaba allí sin más, ni la ceremonia extraña que acababa de presenciar. “Al demonio”, se dijo y empezó a arrastrarse en busca de la llave.
Se había movido un par de metros, y aún continuaba oyendo el rugir del jeep en la distancia, cuando otro sonido empezó a crecer. Esta vez venía de las entrañas de la tierra. Era una especie de chirrido, como de una sierra desafilada que intentara cortar un tronco particularmente duro. El sonido continuó subiendo de volumen, y él empezó a sentir miedo. Un miedo visceral, miedo a lo desconocido. Todas los rumores que había escuchado, todos los terrores de cientos de personas se daban cita en su mente afiebrada, y, con irracional desesperación intentó ponerse de pie, se enredó en las cadenas y dio de bruces en el polvo. El pánico crecía a pasos agigantados, y, entre sollozos de congoja, comenzó a arrastrarse lo más rápido que podía. Se encontraba a cinco metros de lo que en otro tiempo había sido la orilla del río cuando el sonido llegó al clímax y, aunque estaba cegado por el terror, se atrevió a mirar hacia atrás. La visión le quitó la respiración. De los montículos brotaba una masa cenicienta y terrosa, que vibraba al ritmo del sonido que producían sus millones de patas reptantes. Eran hormigas carnívoras. Excitadas por el agua salían de su madriguera buscando presas, como hacían todos los años luego de la temporada de lluvias. El espanto pareció vaciarle la médula de los huesos. Se volvió y comenzó a arrastrarse más rápido gimiendo como un niño. Se maldijo por haber sido atrapado, por haber creído que podía lograrlo, por no haber sabido qué era este lugar, por haber pedido trabajo en la plantación dos años antes, por haber nacido... Estaba a un metro y medio de la orilla y a dos más de la llave, cuando la horda lo alcanzó. Con un horror indescriptible sintió que comenzaban a reptarle miles de pequeñas patas por las pantorrillas, y un momento después un peso increíble cayó sobre sus pies. En su desesperación comenzó a sacudirse y a gritar, mientras intentaba darse la vuelta para utilizar sus manos. Las notaba por sus muslos, su espalda, moviéndose y mordiéndolo, arrancando su carne en minúsculos trozos, llevándolo a la locura del dolor. En un arrebato de demencia intentó erguirse, y logró levantarse un poco, lo suficiente para ver la llave. Luego, el peso de mil millones de pequeños cuerpos lo derribó y lo cubrió por completo. Las podía sentir lacerando toda su piel, quitándole el aire al oprimirlo contra el suelo. Lo que le quedaba de cordura —si es que aún le quedaba algo— lo perdió cuando las sintió penetrar en sus oídos, cercenando su carne al abrirse camino. Quiso gritar, pero el colgajo sanguinolento que había sido su lengua ya no le respondía, y al abrir la boca ya no pudo cerrarla. Tuvo aún unos instantes de conciencia mientras era masticado desde su interior.
Don Rosendo volvió dos semanas después, cuando estuvo seguro de que la Tierra Viva se hubiera apaciguado. Encontró únicamente fragmentos de los huesos grandes, y de entre ellos tomó los nueve diamantes, los mismos que Andrés le había robado y se había tragado con la esperanza de que no los hallaran.
© BlackWolf 2008
7 comentarios:
Bueno, he vuelto a postear. Estuve la semana pasada de vacaciones y me la pasé en una exposición de bonsáis en Buenos Aires, así que no tuve mucho tiempo para escribir =P
Esta no formaba parte de las cosas que estaba desarrollando, la idea se me ocurrió hace unos días cuando combatía las hormigas en el jardín de mi casa. Hay un libro de un colombiano, José Eustaquio Rivera, llamado "La Vorágine", que leí hace mucho y posiblemente (estoy seguro) me ha influido en este relato. Le acabo de dar las puntadas finales hace 2 minutos, está casi crudo. Preferí no retocarlo demasiado porque más allá de como haya quedado, disfruté la sensación de vértigo al escribirlo, y espero que eso se haya transmitido a quien lo lea.
O_o ,pues nada mas mira cómo he quedadoo
es impecable,Blackwolf la narración tiene un ritmo de "aquellos" que no te sueltan hasta el final,y ¡qué final! me ha encantado el relato de pies a cabeza y lo mejor de todo es que a medida que leía podía saborear y sentir todo lo que ocurría,un estilo cinematográfico muy bueno que manejas a la perfección.
Realmente bien,amigo.Me ha encantado este relato.
Un enorme saludo y espero impaciente otra entrega.
Gracias Marcelo! Me alegra que te gustara =)
Bestial. No se diga más... si bien presentía el final, eso no le quitó más frialdad al desgarrador tono del mandamás.
pero bueno, creo que el chico se lo merecía por escaparse sin llevarse a la que lo quería..
Ja ja, una especie de "injusticia poética"...
Gracias, Corven, nos seguimos leyendo amigazo
Demoledor.
Yo no presentí ni final ni medio O_O
muy bueno Lobo, a mí sí me hizo sentir vértigo!
un beso!
Creo que es el mejor piropo que me podías decir, Mary =)
Te mando un beso y nos seguimos leyendo...
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