Originalmente posteado en www.hplovecraft.es/foros
Her voice rides on the breeze
Oh, it's haunting me
Megadeth
Hollow carcass of a man, is all I leave
Slayer
“¡Sal de la luz, imbécil! ¡No vuelvas a obstruirla! Sé que piensas que estoy loco. Tal vez lo esté. La verdad es que desearía estarlo, aunque ¿cuál sería la diferencia? Siéntate allí, en aquel rincón. A ti la oscuridad no te hará daño, pues no has penetrado en ella.
“Te preguntas por qué estoy aquí, en este rectángulo luminoso, en este pequeño retazo de luz que llega del ventanuco que hay en la puerta. Pregúntate también qué es lo que llevaría a un hombre común a este miserable estado. No siempre ha sido así, ¿sabes? No siempre he estado solo y asustado como un niño por la noche, pero esa vida parece una fantasía, apenas más que un sueño ahora. Imágenes de una existencia anterior, a millones de años de aquí. No tenía esta camisa que retiene mis brazos en ese entonces; es más, incluso podría decir que hasta era feliz. Pero eso pasó ya, sólo me queda el silencio de palabras que ya no serán dichas. Perdona mis lágrimas, el recuerdo puede ser un licor amargo cuando nos embriaga…
“He desvariado. No debo hacerlo. No me queda mucho tiempo y tengo que relatarte mi historia. No sé si servirá de algo, sólo sé que debo intentarlo. Debo pedirte que prevengas a todo aquel que quiera seguir mis pasos. Pero para eso debes comprender. Te pido perdón por todo esto, casi no te conozco y estoy a punto de echar una pesada carga sobre tus hombros. Necesito que me ayudes, ¿podrás hacerlo? Te apuras demasiado en asentir. Veremos si opinas igual una vez que te haya contado todo y hayas comprendido. La comprensión puede ser una maldición, ¿sabes? No, claro, ¿cómo podrías saberlo? Créeme que hay cosas que es mejor ignorar. Yo he perdido la razón por esto. Tú, que aún la conservas, me juzgarás de otra forma después. Ya lo verás.
“Creo que no es necesario que describa la naturaleza de mis investigaciones. Seguramente ya has leído sobre ellas en esa carpeta que tienes en tus manos. Sé que cuando me encontraron encerrado e inconciente en el gabinete de mi estudio, tomaron todos los documentos que no alcancé a destruir. ¿Es verdad? Léelos, en esos papeles encontrarás algunas pistas. Afortunadamente mis anotaciones, las que explicaban en detalle los procedimientos que desarrollaba, sí llegué a quemarlos. Debería haber acabado con todo, incluso con mi vida, pero, ¿sabes?, eso no me habría brindado ningún alivio. Aún añoro la existencia que llevaba hace apenas unos meses, cuando no sabía, cuando era como tú. Fue entonces que todo cayó en el más profundo abismo que puedas siquiera imaginar. ¿Dices que quieres que comencemos por aquí? Está bien. Es un buen punto de partida, como puede serlo cualquiera.
“Lo que yo buscaba… ya no lo recuerdo. Y en realidad ahora ya no tiene importancia. Creo que tenía un propósito altruista. Pero me consumió la ambición del descubrimiento. En afiebradas noches interminables de soledad en el laboratorio, el gusano de la fama próxima fue royendo lentamente mi alma. Hasta que sólo quedó esto que ves aquí, un demente. No seas condescendiente ni me compadezcas. Justicia poética. Hay ciertas aberraciones que no deben mirarse demasiado cerca; ciertas profundidades a las que no se debe bajar.
“Me estoy apartando otra vez del tema principal. Como te decía, el propósito original de mis estudios se perdió junto con mi sensatez. Ya no sé el motivo. Sólo sé que necesitaba delinear el difuso límite que separa la vida de la muerte. La frontera en donde el alma aún no escapó, y sigue intentando animar la materia inerte. ¿Sabías que la ciencia actualmente puede llegar mucho más allá de lo que nuestros padres consideraban como “muerte clínica”? Y el futuro promete alargar ese borde aún más. Tiemblo al sólo pensar en eso.
“Yo comencé inyectando diferentes drogas a ratoncillos, midiendo sus respuestas cerebrales ante el casi cese de las funciones vitales. Al principio todo fue como lo esperaba. Reacciones normales de una vida que se extingue. Las mediciones iban apagándose como una llama agotada. En esta etapa, me dí cuenta de que se podía refinar el proceso hasta el punto de lograr que el sujeto no muriese. Invertí mucho tiempo en mejorar los sueros que inyectaba para provocar la resucitación, así como el nivel justo de descarga eléctrica que necesitaba para hacerlo. Esto me permitió afinar el método hasta llegar prácticamente hasta el punto exacto en que la vitalidad abandonaba el cuerpo. Lo sorprendente fue que en esa línea inmaterial, a medida que los signos corporales bajaban hasta el cero, la actividad cerebral parecía a punto de estallar justo antes de… ah… como si… ¡¡¡AHH!!!
“Lo siento. Vuelve a sentarte, ya estoy bien, no hace falta que llames a los enfermeros. Mi cabeza a menudo me juega malas pasadas. Mi cabeza… o algo más. En fin, debo intentar controlarme. Si me vuelvo a desvanecer es probable que no termine de contarte el origen de todo esto.
“Como decía, lo fundamental de todo era monitorear el momento exacto antes de que el estado del espécimen fuese irrecuperable. En ese breve instante era cuando se obtenían las mediciones más extrañas, insospechadas. Luego, había que depurar el proceso hasta hacer posible la marcha atrás para revivir al sujeto. No te mentiré, mi intención, en cuanto observé los primeros resultados, fue realizar el experimento en un ser humano. Necesitaba conocer qué febriles pensamientos asaltaban a la mente cuando iba más allá de la muerte clínica. Los ratones ya no me servían; no lograban sobrevivir mucho más después de la experiencia. En principio imaginé que era por la ineficacia del procedimiento que utilizaba, y pasé semanas corrigiéndolo antes de desistir. Al parecer, los ratones morían de estrés, como si estuvieran aterrados… ¡Pobres animalillos! ¡Hoy sé cuáles pesadillas los perseguían en la vigilia! Pero en ese entonces, achaqué las muertes a la angustia provocada por las drogas. Supuse que una persona se sobrepondría en mejor medida a esto, porque entendería qué le estaba sucediendo. ¡Idiota de mí!
“Cuando estuve seguro, me lancé a buscar un voluntario para el experimento. Sabía que no podía hacerlo por los medios habituales, porque habría sido mi ruina si la operación fracasaba y el voluntario moría. Además, conseguir la aprobación implicaba mucho más tiempo del que mi ansiosa mente estaba dispuesta a esperar. Hoy me avergüenzo de ello, pero tuve que recurrir a un vagabundo, un paria que aceptó gustoso el puñado de dinero que le ofrecí. Haces bien en fruncir el ceño, como te dije, me arrepiento y me avergüenzo. ¿Qué es lo que anotas? Aún no lo comprendes, ¿verdad?
“Pues bien, el mendigo accedió a formar parte de la experiencia. No intenté explicarle bien de qué se trataba, por miedo a su negativa. Ocurrió un martes, por la noche. Temprano comencé con los preparativos. Tendí luego al vagabundo en la camilla, mientras ajustaba los instrumentos de medición. El anciano —tendría casi 60 años— se sometió finalmente a la inyección letal. Fue adormeciéndose poco a poco, mientras me describía, en su pobre lenguaje, las sensaciones que experimentaba. Me decía que era como irse a dormir. Primero un hormigueo en las extremidades. Luego, dejó de sentir los miembros. Sus respuestas se hicieron más pausadas, a medida que la vida se iba apagando en él. En aproximadamente veinte minutos dejó de responder a mis preguntas. Las ondas cerebrales habían bajado más allá de lo que se considera normal. La muerte clínica se acercaba. Sentía una excitación, una euforia increíble. Podía saborear el triunfo, sentir que aquellos científicos que me trataban despectivamente tendrían que admitirme como una de las grandes mentes del siglo XX. Y fue entonces, mientras estaba perdido en estas ensoñaciones, que todo se desbarrancó. El viejo alcanzó el punto límite, y pude comprobar que, efectivamente, la gráfica que monitoreaba las ondas cerebrales se disparaba. Alcancé los resultados que esperaba. Tomé las anotaciones que necesitaba y me preparé para inyectar el fluido que desharía todo el proceso.
“¿Cómo dices? No te voy a explicar eso. Esas notas fueron destruidas junto con el instrumental del laboratorio. No insistas. Déjame terminar de contarte todo y verás por qué.
“Como relataba, le inyecté al vagabundo el suero que lo devolvería a la vida. Había que ser extremadamente exacto con eso, pues cualquier acción a destiempo significaría la pérdida total. Pero no hubo problemas, en un principio. El sujeto reaccionó a la droga, y sus signos vitales comenzaron a estabilizarse. Sentí un relativo alivio cuando vi que las mediciones mostraban parámetros normales. El experimento había sido un éxito.
“¡Qué rápido puede desencadenarse la locura absoluta! ¡Con qué velocidad los acontecimientos pueden precipitarse en una caída abrupta y demencial! El viejo debería empezar a recobrar la conciencia en ese momento. Me dirigí a una mesa a buscar una taza de café, para paliar los nervios que me consumían, y le dí la espalda a la camilla. ¿Has tenido alguna vez la sensación de que un peligro inminente te acecha? Yo lo sentí. Me volví rápidamente, derramando la bebida en el suelo, y con creciente horror pude ver al anciano de pie detrás de mí. Aún tenía algunos de los electrodos conectados a su brazo. Los ojos se abrían en una expresión del más puro terror que jamás hubiera visto. Lentamente abrió la boca y lanzó un alarido que me heló la sangre. Me arrojé sobre él, luego de que me hube repuesto del susto inicial, y caímos los dos al piso. El viejo seguía gritando, y empecé a golpearlo para intentar aturdirlo lo suficiente para que me dejara sedarlo. Se comenzó a defender, por instinto supongo, y en un momento de total confusión, entre el instrumental caído, tomó la jeringa que contenía el liquido letal, y la clavó en mi pierna.
“Sentí un pánico que casi llegó hasta el paroxismo, y, en un acto reflejo, le hundí el cráneo con los restos de un monitor que había a un lado, que había caido destrozado en la pelea. Hecho esto caí sentado, sin poder creer lo que estaba sucediendo. El viejo sacudió los miembros durante unos segundos y luego quedó inerte. Permanecí unos minutos, que me parecieron una eternidad, observando el cadáver, con la mente completamente en blanco. De a poco, retazos de pensamientos fueron enhebrándose en mi mente, hasta que comprendí lo que había ocurrido, y sin poder contenerme vomité a un costado. Me levanté, asqueado y confundido. No sólo había matado al voluntario de un experimento prohibido, sino que empezaba a sentir los efectos de la muerte inminente, producto del fluido que había en la jeringa que el anciano me había clavado.
“Te podrás imaginar que me movía sin pensar; pues el terror me hubiera paralizado. Me arrojé sobre los recipientes que contenían las drogas, para buscar el compuesto que neutralizaría los efectos que ya sentía avanzar inexorablemente. Lo encontré, y, con los dedos agarrotados, me lo inyecté en el brazo. No tenía idea de si podría revertir el proceso en esas condiciones anómalas, era algo que no había intentado nunca, pero fue lo único que pude hacer.
“Por un momento creí que había funcionado; ya no sentía dolor y una sensación de paz inundaba mi ser. Luego caí en la cuenta de que el antídoto en realidad no había hecho efecto. Estaba muriendo. Podía verlo todo claramente, y me encontraba extrañamente lúcido. Sentí una pena abrumadora, una tristeza infinita. Como si me hubieran anestesiado, incluso esto quedó atrás. Veía la realidad como si fuera una ventana en la que estuviera atisbando, y de la que me alejara a un ritmo marcado y constante. Hasta que la negrura me envolvió por completo… Disculpa, es que tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no temblar. ¿Has estado alguna vez en la oscuridad absoluta? No, no digas que el miedo a las tinieblas es natural. ¡La noche infinita que me rodeaba, tenía sustancia! ¡Podía sentirla rozando mi piel, abrazándome! ¡No puede imaginarte el terror que experimenté! ¡La fría garra de la oscuridad se cerraba sobre mí! ¡Oprimiendo mi pecho! ¡Arrastrándome hacia la nada! Y luego la voz. Una voz como jamás escuché, ni deseo volver a escuchar. Una voz fangosa, que provenía de todas partes y de ninguna. Una voz que hablaba en un lenguaje que los órganos humanos serían incapaces de reproducir. No sé qué idioma es ese. Lo único que sé es que, de alguna manera, comprendí lo que dijo. No te lo diré, es demasiado horrible para ser pronunciado en donde aún existan la esperanza y la luz. Lo único que te diré fue que era una promesa de horrores infinitos. Una promesa de venir por mí.
“La razón me abandonó. No podía —nadie puede— soportar todo eso. En el torbellino de desesperación, de pronto sentí un dolor inenarrable, como si miles de agujas torturaran mi carne. Abrí los ojos y el resplandor de la luz me incendió la vista. No lograba comprender nada. Estaba vivo. Me di cuenta de que de alguna forma, el antídoto había funcionado.
“Poco a poco fui recobrando los sentidos. Sentía la cabeza a punto de explotar. Logré sentarme, y por fin pude mirar a mi alrededor. Vi el desorden que primaba en el laboratorio, y el instrumental que yacía hecho añicos; el cadáver del viejo me observaba, manchado de sangre, con el terror petrificado en sus ojos sin vida. Entonces recordé. Recordé todo. Me incorporé, haciendo un gran esfuerzo y tambaleándome. Fue en ese momento que mi cordura huyó, presa de un miedo que el hombre no debiera conocer jamás. Desde uno de los rincones de la habitación, donde la luz era interrumpida por un armario y dejaba una gran sombra sobre la pared, la oscuridad de esa sombra cobró forma, como si se solidificara. Y pude sentir esa voz, fangosa y antinatural, hablándome, llamándome desde las tinieblas. Había venido por mí, desde otro plano. Yo había penetrado en su reino, y había huido. Ahora me había seguido para devorarme. Quedé allí, paralizado, bañado en un sudor gélido, oyendo esa abominación pronunciando mi nombre, y ya no pude soportar más. Mi salud mental literalmente estalló mientras corría huyendo de las sombras y de esa voz que resonaba en mi cabeza, llamándome desde las tinieblas.
“¿Dices que me encontraron aferrado a una linterna? No recuerdo nada más que fragmentos difusos en los que apuntaba con ella en todas direcciones, intentando evitar que las sombras se extendieran por las paredes. Luego me trajeron aquí. La única opción que me queda es permanecer en este pequeño rectángulo de luz, pues oigo a esa monstruosidad llamándome todo el tiempo de estas sombras que nos rodean. No mires a tu alrededor, no puede verte ni tú puedes oirla. A mí no podrá verme si no me adentro en la oscuridad, pero sabe que estoy aquí. Vino desde más allá del tiempo y del espacio por mí, y tarde o temprano acabará por devorarme. No puedes ayudarme, ya nadie puede. El sólo escuchar esas palabras aberrantes me incendia el juicio. ¿Ahora me comprendes? No, no podrías. Pero era mi deber intentarlo, era mi deber relatártelo mientras el orden de mis pensamientos no se hubiese perdido del todo. Ni siquiera la muerte podría aliviarme, porque sé que allí estará eso, esperándome en las tinieblas...
……………………………………….
El doctor abandonó la celda acolchada, cerrando la puerta con cuidado de no obstruir el paso de la luz del pasillo. Incluso cuando se alejaba podía sentir los gemidos que emitía el paciente que quedaba encerrado allí. Otro hombre, médico también, se dirigió a él.
— ¿Qué opina de este caso, Dr Phillips?
Phillips lo observó, tomándose tiempo para ordenar sus ideas.
—Es interesante. Paranoia y alucinaciones inducidas por autosugestión. Creo que el haber matado a ese pobre vagabundo fue el detonante de su estado, pero aún debo revisar su historia clínica.
—Por cierto, la policía trajo el informe de la autopsia. Es muy llamativo. Aunque el golpe en la cabeza fue lo que provocó la muerte, la víctima no habría vivido mucho más, de todos modos. Los órganos internos del pobre hombre parecían como si hubieran sido comidos desde dentro.
La voz de las tinieblas
Her voice rides on the breezeOh, it's haunting me
Megadeth
Hollow carcass of a man, is all I leave
Slayer
“¡Sal de la luz, imbécil! ¡No vuelvas a obstruirla! Sé que piensas que estoy loco. Tal vez lo esté. La verdad es que desearía estarlo, aunque ¿cuál sería la diferencia? Siéntate allí, en aquel rincón. A ti la oscuridad no te hará daño, pues no has penetrado en ella.
“Te preguntas por qué estoy aquí, en este rectángulo luminoso, en este pequeño retazo de luz que llega del ventanuco que hay en la puerta. Pregúntate también qué es lo que llevaría a un hombre común a este miserable estado. No siempre ha sido así, ¿sabes? No siempre he estado solo y asustado como un niño por la noche, pero esa vida parece una fantasía, apenas más que un sueño ahora. Imágenes de una existencia anterior, a millones de años de aquí. No tenía esta camisa que retiene mis brazos en ese entonces; es más, incluso podría decir que hasta era feliz. Pero eso pasó ya, sólo me queda el silencio de palabras que ya no serán dichas. Perdona mis lágrimas, el recuerdo puede ser un licor amargo cuando nos embriaga…
“He desvariado. No debo hacerlo. No me queda mucho tiempo y tengo que relatarte mi historia. No sé si servirá de algo, sólo sé que debo intentarlo. Debo pedirte que prevengas a todo aquel que quiera seguir mis pasos. Pero para eso debes comprender. Te pido perdón por todo esto, casi no te conozco y estoy a punto de echar una pesada carga sobre tus hombros. Necesito que me ayudes, ¿podrás hacerlo? Te apuras demasiado en asentir. Veremos si opinas igual una vez que te haya contado todo y hayas comprendido. La comprensión puede ser una maldición, ¿sabes? No, claro, ¿cómo podrías saberlo? Créeme que hay cosas que es mejor ignorar. Yo he perdido la razón por esto. Tú, que aún la conservas, me juzgarás de otra forma después. Ya lo verás.
“Creo que no es necesario que describa la naturaleza de mis investigaciones. Seguramente ya has leído sobre ellas en esa carpeta que tienes en tus manos. Sé que cuando me encontraron encerrado e inconciente en el gabinete de mi estudio, tomaron todos los documentos que no alcancé a destruir. ¿Es verdad? Léelos, en esos papeles encontrarás algunas pistas. Afortunadamente mis anotaciones, las que explicaban en detalle los procedimientos que desarrollaba, sí llegué a quemarlos. Debería haber acabado con todo, incluso con mi vida, pero, ¿sabes?, eso no me habría brindado ningún alivio. Aún añoro la existencia que llevaba hace apenas unos meses, cuando no sabía, cuando era como tú. Fue entonces que todo cayó en el más profundo abismo que puedas siquiera imaginar. ¿Dices que quieres que comencemos por aquí? Está bien. Es un buen punto de partida, como puede serlo cualquiera.
“Lo que yo buscaba… ya no lo recuerdo. Y en realidad ahora ya no tiene importancia. Creo que tenía un propósito altruista. Pero me consumió la ambición del descubrimiento. En afiebradas noches interminables de soledad en el laboratorio, el gusano de la fama próxima fue royendo lentamente mi alma. Hasta que sólo quedó esto que ves aquí, un demente. No seas condescendiente ni me compadezcas. Justicia poética. Hay ciertas aberraciones que no deben mirarse demasiado cerca; ciertas profundidades a las que no se debe bajar.
“Me estoy apartando otra vez del tema principal. Como te decía, el propósito original de mis estudios se perdió junto con mi sensatez. Ya no sé el motivo. Sólo sé que necesitaba delinear el difuso límite que separa la vida de la muerte. La frontera en donde el alma aún no escapó, y sigue intentando animar la materia inerte. ¿Sabías que la ciencia actualmente puede llegar mucho más allá de lo que nuestros padres consideraban como “muerte clínica”? Y el futuro promete alargar ese borde aún más. Tiemblo al sólo pensar en eso.
“Yo comencé inyectando diferentes drogas a ratoncillos, midiendo sus respuestas cerebrales ante el casi cese de las funciones vitales. Al principio todo fue como lo esperaba. Reacciones normales de una vida que se extingue. Las mediciones iban apagándose como una llama agotada. En esta etapa, me dí cuenta de que se podía refinar el proceso hasta el punto de lograr que el sujeto no muriese. Invertí mucho tiempo en mejorar los sueros que inyectaba para provocar la resucitación, así como el nivel justo de descarga eléctrica que necesitaba para hacerlo. Esto me permitió afinar el método hasta llegar prácticamente hasta el punto exacto en que la vitalidad abandonaba el cuerpo. Lo sorprendente fue que en esa línea inmaterial, a medida que los signos corporales bajaban hasta el cero, la actividad cerebral parecía a punto de estallar justo antes de… ah… como si… ¡¡¡AHH!!!
“Lo siento. Vuelve a sentarte, ya estoy bien, no hace falta que llames a los enfermeros. Mi cabeza a menudo me juega malas pasadas. Mi cabeza… o algo más. En fin, debo intentar controlarme. Si me vuelvo a desvanecer es probable que no termine de contarte el origen de todo esto.
“Como decía, lo fundamental de todo era monitorear el momento exacto antes de que el estado del espécimen fuese irrecuperable. En ese breve instante era cuando se obtenían las mediciones más extrañas, insospechadas. Luego, había que depurar el proceso hasta hacer posible la marcha atrás para revivir al sujeto. No te mentiré, mi intención, en cuanto observé los primeros resultados, fue realizar el experimento en un ser humano. Necesitaba conocer qué febriles pensamientos asaltaban a la mente cuando iba más allá de la muerte clínica. Los ratones ya no me servían; no lograban sobrevivir mucho más después de la experiencia. En principio imaginé que era por la ineficacia del procedimiento que utilizaba, y pasé semanas corrigiéndolo antes de desistir. Al parecer, los ratones morían de estrés, como si estuvieran aterrados… ¡Pobres animalillos! ¡Hoy sé cuáles pesadillas los perseguían en la vigilia! Pero en ese entonces, achaqué las muertes a la angustia provocada por las drogas. Supuse que una persona se sobrepondría en mejor medida a esto, porque entendería qué le estaba sucediendo. ¡Idiota de mí!
“Cuando estuve seguro, me lancé a buscar un voluntario para el experimento. Sabía que no podía hacerlo por los medios habituales, porque habría sido mi ruina si la operación fracasaba y el voluntario moría. Además, conseguir la aprobación implicaba mucho más tiempo del que mi ansiosa mente estaba dispuesta a esperar. Hoy me avergüenzo de ello, pero tuve que recurrir a un vagabundo, un paria que aceptó gustoso el puñado de dinero que le ofrecí. Haces bien en fruncir el ceño, como te dije, me arrepiento y me avergüenzo. ¿Qué es lo que anotas? Aún no lo comprendes, ¿verdad?
“Pues bien, el mendigo accedió a formar parte de la experiencia. No intenté explicarle bien de qué se trataba, por miedo a su negativa. Ocurrió un martes, por la noche. Temprano comencé con los preparativos. Tendí luego al vagabundo en la camilla, mientras ajustaba los instrumentos de medición. El anciano —tendría casi 60 años— se sometió finalmente a la inyección letal. Fue adormeciéndose poco a poco, mientras me describía, en su pobre lenguaje, las sensaciones que experimentaba. Me decía que era como irse a dormir. Primero un hormigueo en las extremidades. Luego, dejó de sentir los miembros. Sus respuestas se hicieron más pausadas, a medida que la vida se iba apagando en él. En aproximadamente veinte minutos dejó de responder a mis preguntas. Las ondas cerebrales habían bajado más allá de lo que se considera normal. La muerte clínica se acercaba. Sentía una excitación, una euforia increíble. Podía saborear el triunfo, sentir que aquellos científicos que me trataban despectivamente tendrían que admitirme como una de las grandes mentes del siglo XX. Y fue entonces, mientras estaba perdido en estas ensoñaciones, que todo se desbarrancó. El viejo alcanzó el punto límite, y pude comprobar que, efectivamente, la gráfica que monitoreaba las ondas cerebrales se disparaba. Alcancé los resultados que esperaba. Tomé las anotaciones que necesitaba y me preparé para inyectar el fluido que desharía todo el proceso.
“¿Cómo dices? No te voy a explicar eso. Esas notas fueron destruidas junto con el instrumental del laboratorio. No insistas. Déjame terminar de contarte todo y verás por qué.
“Como relataba, le inyecté al vagabundo el suero que lo devolvería a la vida. Había que ser extremadamente exacto con eso, pues cualquier acción a destiempo significaría la pérdida total. Pero no hubo problemas, en un principio. El sujeto reaccionó a la droga, y sus signos vitales comenzaron a estabilizarse. Sentí un relativo alivio cuando vi que las mediciones mostraban parámetros normales. El experimento había sido un éxito.
“¡Qué rápido puede desencadenarse la locura absoluta! ¡Con qué velocidad los acontecimientos pueden precipitarse en una caída abrupta y demencial! El viejo debería empezar a recobrar la conciencia en ese momento. Me dirigí a una mesa a buscar una taza de café, para paliar los nervios que me consumían, y le dí la espalda a la camilla. ¿Has tenido alguna vez la sensación de que un peligro inminente te acecha? Yo lo sentí. Me volví rápidamente, derramando la bebida en el suelo, y con creciente horror pude ver al anciano de pie detrás de mí. Aún tenía algunos de los electrodos conectados a su brazo. Los ojos se abrían en una expresión del más puro terror que jamás hubiera visto. Lentamente abrió la boca y lanzó un alarido que me heló la sangre. Me arrojé sobre él, luego de que me hube repuesto del susto inicial, y caímos los dos al piso. El viejo seguía gritando, y empecé a golpearlo para intentar aturdirlo lo suficiente para que me dejara sedarlo. Se comenzó a defender, por instinto supongo, y en un momento de total confusión, entre el instrumental caído, tomó la jeringa que contenía el liquido letal, y la clavó en mi pierna.
“Sentí un pánico que casi llegó hasta el paroxismo, y, en un acto reflejo, le hundí el cráneo con los restos de un monitor que había a un lado, que había caido destrozado en la pelea. Hecho esto caí sentado, sin poder creer lo que estaba sucediendo. El viejo sacudió los miembros durante unos segundos y luego quedó inerte. Permanecí unos minutos, que me parecieron una eternidad, observando el cadáver, con la mente completamente en blanco. De a poco, retazos de pensamientos fueron enhebrándose en mi mente, hasta que comprendí lo que había ocurrido, y sin poder contenerme vomité a un costado. Me levanté, asqueado y confundido. No sólo había matado al voluntario de un experimento prohibido, sino que empezaba a sentir los efectos de la muerte inminente, producto del fluido que había en la jeringa que el anciano me había clavado.
“Te podrás imaginar que me movía sin pensar; pues el terror me hubiera paralizado. Me arrojé sobre los recipientes que contenían las drogas, para buscar el compuesto que neutralizaría los efectos que ya sentía avanzar inexorablemente. Lo encontré, y, con los dedos agarrotados, me lo inyecté en el brazo. No tenía idea de si podría revertir el proceso en esas condiciones anómalas, era algo que no había intentado nunca, pero fue lo único que pude hacer.
“Por un momento creí que había funcionado; ya no sentía dolor y una sensación de paz inundaba mi ser. Luego caí en la cuenta de que el antídoto en realidad no había hecho efecto. Estaba muriendo. Podía verlo todo claramente, y me encontraba extrañamente lúcido. Sentí una pena abrumadora, una tristeza infinita. Como si me hubieran anestesiado, incluso esto quedó atrás. Veía la realidad como si fuera una ventana en la que estuviera atisbando, y de la que me alejara a un ritmo marcado y constante. Hasta que la negrura me envolvió por completo… Disculpa, es que tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no temblar. ¿Has estado alguna vez en la oscuridad absoluta? No, no digas que el miedo a las tinieblas es natural. ¡La noche infinita que me rodeaba, tenía sustancia! ¡Podía sentirla rozando mi piel, abrazándome! ¡No puede imaginarte el terror que experimenté! ¡La fría garra de la oscuridad se cerraba sobre mí! ¡Oprimiendo mi pecho! ¡Arrastrándome hacia la nada! Y luego la voz. Una voz como jamás escuché, ni deseo volver a escuchar. Una voz fangosa, que provenía de todas partes y de ninguna. Una voz que hablaba en un lenguaje que los órganos humanos serían incapaces de reproducir. No sé qué idioma es ese. Lo único que sé es que, de alguna manera, comprendí lo que dijo. No te lo diré, es demasiado horrible para ser pronunciado en donde aún existan la esperanza y la luz. Lo único que te diré fue que era una promesa de horrores infinitos. Una promesa de venir por mí.
“La razón me abandonó. No podía —nadie puede— soportar todo eso. En el torbellino de desesperación, de pronto sentí un dolor inenarrable, como si miles de agujas torturaran mi carne. Abrí los ojos y el resplandor de la luz me incendió la vista. No lograba comprender nada. Estaba vivo. Me di cuenta de que de alguna forma, el antídoto había funcionado.
“Poco a poco fui recobrando los sentidos. Sentía la cabeza a punto de explotar. Logré sentarme, y por fin pude mirar a mi alrededor. Vi el desorden que primaba en el laboratorio, y el instrumental que yacía hecho añicos; el cadáver del viejo me observaba, manchado de sangre, con el terror petrificado en sus ojos sin vida. Entonces recordé. Recordé todo. Me incorporé, haciendo un gran esfuerzo y tambaleándome. Fue en ese momento que mi cordura huyó, presa de un miedo que el hombre no debiera conocer jamás. Desde uno de los rincones de la habitación, donde la luz era interrumpida por un armario y dejaba una gran sombra sobre la pared, la oscuridad de esa sombra cobró forma, como si se solidificara. Y pude sentir esa voz, fangosa y antinatural, hablándome, llamándome desde las tinieblas. Había venido por mí, desde otro plano. Yo había penetrado en su reino, y había huido. Ahora me había seguido para devorarme. Quedé allí, paralizado, bañado en un sudor gélido, oyendo esa abominación pronunciando mi nombre, y ya no pude soportar más. Mi salud mental literalmente estalló mientras corría huyendo de las sombras y de esa voz que resonaba en mi cabeza, llamándome desde las tinieblas.
“¿Dices que me encontraron aferrado a una linterna? No recuerdo nada más que fragmentos difusos en los que apuntaba con ella en todas direcciones, intentando evitar que las sombras se extendieran por las paredes. Luego me trajeron aquí. La única opción que me queda es permanecer en este pequeño rectángulo de luz, pues oigo a esa monstruosidad llamándome todo el tiempo de estas sombras que nos rodean. No mires a tu alrededor, no puede verte ni tú puedes oirla. A mí no podrá verme si no me adentro en la oscuridad, pero sabe que estoy aquí. Vino desde más allá del tiempo y del espacio por mí, y tarde o temprano acabará por devorarme. No puedes ayudarme, ya nadie puede. El sólo escuchar esas palabras aberrantes me incendia el juicio. ¿Ahora me comprendes? No, no podrías. Pero era mi deber intentarlo, era mi deber relatártelo mientras el orden de mis pensamientos no se hubiese perdido del todo. Ni siquiera la muerte podría aliviarme, porque sé que allí estará eso, esperándome en las tinieblas...
……………………………………….
El doctor abandonó la celda acolchada, cerrando la puerta con cuidado de no obstruir el paso de la luz del pasillo. Incluso cuando se alejaba podía sentir los gemidos que emitía el paciente que quedaba encerrado allí. Otro hombre, médico también, se dirigió a él.
— ¿Qué opina de este caso, Dr Phillips?
Phillips lo observó, tomándose tiempo para ordenar sus ideas.
—Es interesante. Paranoia y alucinaciones inducidas por autosugestión. Creo que el haber matado a ese pobre vagabundo fue el detonante de su estado, pero aún debo revisar su historia clínica.
—Por cierto, la policía trajo el informe de la autopsia. Es muy llamativo. Aunque el golpe en la cabeza fue lo que provocó la muerte, la víctima no habría vivido mucho más, de todos modos. Los órganos internos del pobre hombre parecían como si hubieran sido comidos desde dentro.
© BlackWolf 2008
Quiero aprovechar para agradecer a mi amigo Corven Icenail, que me concedió el honor de ver publicado este relato en su revista... ¡¡¡Gracias de nuevo Corven!!!
6 comentarios:
¿Qué decir de este cuento querido Black?? sencillamente genial.
Envolvente y lovecraftiano, de principio a fin.
La locura abstracta materializada.
Me entusiasma que hayas creado este blog :D ya te tengo linkeadito para no perderte la pista.
Un beso grande y ¡nos seguimos leyendo!
Gracias Mary!!!
Buenissimo camarada,lovecraftiano el cuento como debe ser
Gracias Luis!!! De hecho, los tintes lovecraftianos en el relato son involuntarios. Es indudable que es una de mis principales influencias, y creo que se nota más por el tono de la narración, quizá no tanto por la estructura. Reconozco que tenía también algo de Poe en mente cuando la escribí, pero es que el gran Edgardo ha definido los estándares del relato corto moderno, sin mencionar que reinventó casi todos los géneros fantásticos. Es mi humilde homenaje a dos escritores enormes.
Sem e olvidaba avisarte que también salió ya la segunda parte...
la cuelgo en el foro en cuanto pueda pa que la veas...
Primera vez que llego hasta acá, y por las citas de Megadeth y Slayer, además de los comentarios, el relato promete mucho. Lastimosamente no podré leerte sino hasta que tenga el tiempo, pues no quiero hacerlo de pasada.
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